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COLUMNA

¿Dickens en la Cataluña del siglo XXI?

Hace unos días me interesó el artículo de la periodista Naomi Wolf titulado David Cameron's Great Expectations (www.project-syndicate.org) en el que la autora, jugando con el título de la novela de Charles Dickens, realiza un análisis crítico de la política de David Cameron. Su argumento es el siguiente: la situación que se está viviendo en países como Estados Unidos, Gran Bretaña u otros países europeos recuerda cada vez más la que se vivía en la Inglaterra victoriana. Una época caracterizada por una gran abundancia de dramas y conflictos sociales, como los de la propia vida de Dickens, sustrato de sus mejores obras. La senda adoptada parece más la de volver hacia atrás que la de plantearse como afrontar el futuro. Quizás los que nos gobiernan encuentran confort en un pasado conocido, al no ser capaces de vislumbrar qué hacer en el presente, y mucho menos en el futuro. Como si no explicar que el gobierno de la Generalitat, siguiendo la estela de otros gobiernos conservadores europeos, se esfuerce más cada día que pasa en confundir gobierno con músculo y autoridad. ¿A falta de política bueno es el garrote? Ante la situación de crisis y la falta de recursos para seguir haciendo lo que se hacía, se buscan culpables.

La situación que se vive en Estados Unidos o Gran Bretaña recuerda la que se vivía en la Inglaterra victoriana

En el caso de la PIRMI la lógica seguida ha sido, desde este punto de vista, ejemplar y ejemplarizante. Crece el número de personas que tratan de acogerse a lo que se había configurado como un derecho y los recursos previstos son insuficientes. Como ocurre en tantos otros casos, la normativa (siempre genérica, no ad hominem) permite lecturas diferentes sobre quién puede acogerse a esa prestación y, la misma práctica, ha ido diversificando beneficiarios. No ocurre sólo en la PIRMI. Se da en multitud de regulaciones públicas. Pero, el gobierno en vez de escoger, por ejemplo, el cumplimiento de los conciertos educativos o el tema de la incorporación de discapacitados en las empresas, la ha emprendido con el porcentaje de fraude que existía en la PIRMI. Podrían ahora seguir con las becas comedor o con el subsidio de paro, donde seguro que unos cuantos "listillos" hay. En política es clave saber a quién repartir beneficios y a quién cargar con los costes. A quiénes has de servir y a quiénes no importa lo que hagas con ellos, ya que o no son de los tuyos, o simplemente no son de nadie. El gobierno de Cameron parece tenerlo claro. El de CiU también.

En la Inglaterra de Dickens, si algo quedaba claro era la diferencia entre las élites y los que nunca lo serían. Esa es la imagen de un país sin redes de solidaridad y de redistribución social. Los pobres eran vistos por los poderosos como pilluelos, siempre dispuestos a aprovecharse de cualquier oportunidad. Vagos y maleantes. Muchos son hoy los que piensan que las políticas de bienestar han generado demasiados aprovechados, listillos. Y así, poco a poco, se discute la necesidad de que los poderes públicos sigan haciendo su papel de "asegurador social". Va calando la idea que la socialización de la seguridad es injusta e ineficaz. El argumento que se usa está muy claro: el sistema público de bienestar es injusto ya que premia a quien no se lo merece y castiga a quien se esfuerza. Y es ineficaz, ya que podría ser sustituido por operadores privados que mejorarían su eficiencia y su rendimiento. Pero, al menos, si seguimos esa senda, no porfiemos en decir que "innovamos". Simplemente volvemos a lo que hace muchos años teníamos. No trato de decir con ello que antes de la victoria de CiU la cosa iba mucho mejor. Las bases de lo que estamos ahora viendo en muchas partes de Europa, con reducción de impuestos y restricción de gasto social, ya fueron impulsadas por la perspectiva socialdemócrata versión New Labour. No se trata de defender lo indefendible, es decir, los márgenes de fraude o de ilegalidad que sufren ciertas políticas sociales. Pero, al menos, tratemos de evitar el situar toda la carga del mal en unos sectores, aprovechando que son los que menos voz tienen. Repartamos el dolor aunque sólo sea un poco. Y evitemos el espectáculo de poner el dedo, ahora que está de moda, en los ojos de quienes más dificultades tienen para seguir viendo.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de septiembre de 2011