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Crítica:Cine | 68º edición de la Mostra de Venecia

Polanski hace modélico cine adaptando teatro

Aunque el talento visual y narrativo de ese individuo turbio y extraordinario director de cine llamado Roman Polanski se adapte a todo tipo de historias, a los espacios abiertos y a los espacios cerrados, resulta transparente que le gustan los retos. Por ejemplo: que su cámara sea capaz de estremecer al espectador moviéndose exclusivamente a través de una casa. Lo hizo describiendo la esquizofrenia de una mujer en la claustrofóbica Repulsión. En El quimérico inquilino y en La semilla del diablo había alguna secuencia que se desarrollaba en las calles de París y de Nueva York, pero lo que se mantiene en la memoria del aterrado espectador es una casa en la que los fantasmas acorralan a su inquilino y el siniestro edificio Dakota en el que la engañada Rosemary sufría su pavoroso embarazo del mal. La heterodoxia de Polanski tampoco ha desdeñado nunca la adaptación del teatro al cine. Lo hizo en Macbeth. También en La muerte y la doncella, utilizando una mansión solitaria en el campo para describir el temible reencuentro entre una mujer traumada y su antiguo y ahora reciclado verdugo, con el médico que la violó y torturó años atrás en una cárcel clandestina.

'Un dios salvaje' es brillante y malévola, hace sonreír y reír, nunca es previsible

En Carnage, Polanski repite sus viejos experimentos y transforma en cine la obra teatral de Yasmina Reza. Debido a mi enfermiza desidia a pisar los teatros, desconozco el modelo original (en España la titularán Un dios salvaje, idéntico enunciado que cuando se representó en los escenarios) por lo que no puedo opinar sobre la fidelidad al texto original o los cambios que haya introducido Polanski, pero lo que sí puedo constatar es que ha vuelto a realizar un cine admirable, tragicómico, con un lenguaje, una agilidad, un sentido del ritmo y de la atmósfera de primera clase. La única secuencia rodada en exteriores ocurre al principio y al final de la película, acompañando a los títulos de crédito. En ese arranque vemos en un parque a un crío que después de discutir con otro le sacude un bastonazo, presumiblemente demoledor, en el careto. A partir de ahí la cámara se encierra en la casa de los padres del agredido para describir la visita que le hacen a estos los padres del agresor, intentando civilizadamente aclarar las razones de esa violencia, pedir perdón y reparar en lo posible el daño.

El problema, como en El ángel exterminador, es que un fenómeno extraño impide a los invitados largarse definitivamente de esa casa por mucho que se despidan efusivamente y abran la puerta del ascensor. Esa surrealista inmovilidad le sirve a Yasmina Reza y a Polanski para quitarle las máscaras a los personajes, para que se emborrachen y vomiten sus miserias, para una hilarante galería de equívocos, encontronazos verbales y gags tan divertidos como patéticos. También se rodea de los mejores intérpretes para retratar la catarsis y el desmoronamiento de esa gente risueña y tan preocupada por su imagen. Dispone de las siempre apasionantes actrices Jodie Foster y Kate Winslet, y de dos actores falsamente secundarios y dotados de tantos registros que logran ser creíbles en cualquier personaje que interpreten como son Christoph Waltz y John C. Reilly. Al existir un buen guion, solistas virtuosos y un magistral director de orquesta, nada puede fallar en la fiesta. Un dios salvaje es brillante y malévola, hace sonreír y reír, nunca es previsible, la ves y la escuchas con deleite, se te alegra la expresión al recordarla.

Nadie duda de la proteica capacidad de Madonna para vender con éxito su eternamente renovada imagen, convertir en noticia sus estratégicos gestos, haber creado un estilo, generar modas e imitaciones, vender discos y llenar estadios. Pero tantas confirmadas virtudes no garantizan que también esté dotada para crear ficciones detrás de la cámara. Ignoro si W. E., que así se titula el relamido, cursi y megapijo engendro que acaba de presentar en la Mostra, era un proyecto de Madonna anterior a que se rodara la notable El discurso del rey, pero curiosamente ambas se ocupan de la misma y distinguida familia. Madonna describe de pasada al rey tartamudo que logró, con la ayuda de un logopeda, hacerse entender entre sus súbditos. Lo que le interesa a ella es contar la incombustible historia de amor entre el hermano de este y Wallis Simpson.

Este romance tan sofisticado y ardiente, por el que el rey Eduardo VIII tuvo que abdicar del trono de Inglaterra, se alterna paralelamente con el éxtasis que siente una mujer casada e infeliz ante la lírica historia de la plebeya divorciada y el príncipe valiente, con sus obsesionadas visitas al museo donde se exponen las pertenencias y la biografía sentimental de esa arriesgada pareja, antes de que estas sean subastadas en Sotheby's. Todo en esta boba película tiene pretensiones de diseño, incluida su exaltación del romanticismo. Los personajes son involuntarias caricaturas, las situaciones y el tono desprenden falsedad, su sentimentalismo es de cartón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de septiembre de 2011