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Análisis:

Alargar lo inevitable

La práctica médica diaria da lugar a no pocos dilemas éticos por el conflicto entre lo que el médico es capaz de hacer y lo que es lícito hacer; porque no todo lo que es técnicamente posible es éticamente admisible. Esto es algo que a veces se nos olvida a los médicos.

Ante esos dilemas, es una constante tentación llevar los problemas éticos -abiertos a la opinión de todos, médicos o pacientes- a términos técnicos, que nos competen en exclusiva. Si, desde nuestra autoridad científica, sentenciamos que la alimentación por medio de un tubo plástico a través de la nariz de un paciente es un cuidado básico y no un tratamiento médico, habremos cerrado falsamente -y abusando de autoridad médicocientífica- el verdadero debate ético: si es lícito mantener en una vida meramente vegetativa, mediante esta alimentación artificial, a un paciente cuya demencia avanzada y terminal, imposible de revertir médicamente, ha llegado al punto de no permitirle alimentarse.

Si, obviando la respuesta a esta pregunta ética, explicamos a los familiares de un paciente en esta situación, que suspender la alimentación artificial es "matarlo de hambre", como a diario escuchan familiares indefensos de contraargumentos técnicos, estaremos abusando de nuestra supremacía de hecho e imponiendo nuestra ética al paciente y a sus representantes legales, cosa que intentaba evitar expresamente la aparentemente malograda ley de derechos al final de la vida.

Seamos sensatos: lo que acaba con la vida de un enfermo de demencia en fase terminal es la demencia que impide la alimentación natural, es decir, su enfermedad. Lo que hacemos con una alimentación artificial es impedir esa muerte natural que algunos predican con tanta dedicación. Este empeño por alargar lo inevitable prolongando la agonía, no es que no sea cuidado paliativo, es ensañamiento terapéutico; una conducta que se rechaza incluso desde posiciones confesionales, pero que es común en nuestros hospitales y, no digamos, en nuestras residencias de ancianos.

El marco ético-legal que debe inspirar todas nuestras actuaciones es la ley de autonomía del paciente, que establece muy claramente que cualquier actuación médica, lo mismo sea poner que quitar una sonda de alimentación artificial, debe ajustarse minuciosamente al principio de autonomía del paciente y, en caso de incapacidad, a lo expresado por sus representantes legales.

Lo que de ningún modo debemos hacer los médicos es confundir a la ciudadanía con sofismas: claro que nuestro deber es alimentar a un niño pequeño incapaz de alimentarse por sí mismo. La diferencia -que alguno parece no apreciar- es que en ese caso nuestra obligación ética con el niño es facilitar que llegue a tener una vida digna, y en el caso de Carmen, con 91 años, y una demencia terminal en estado vegetativo, es permitirle una muerte digna.

Luis Montes y Fernando Soler son médicos del hospital Severo Ochoa y miembros de Derecho a Morir Dignamente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de agosto de 2011