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Reportaje:Bestiario estival

Toros y bombones

Pedrucho, torero corajudo y arriesgado, tuvo una tienda de dulces en el paseo de Gràcia

Subiendo el paseo de Gràcia, en la esquina izquierda con Consell de Cent, tuvo su tienda uno de esos personajes aclimatados a nuestra ciudad, que respondía por el nombre de guerra de Pedrucho. Transcurrían los alocados años treinta y era de buen gusto acercarse hasta la Bombonería Viena, a comprar chocolates y pralinés. Nadie le hubiese augurado un éxito tan dulce, a alguien que afirmaba que lo único que sabía hacer bien en esta vida era matar toros.

Pedro Basauri Paguaga había nacido en la villa guipuzcoana de Éibar. Pero a los dos años su padre, maestro armero en una fábrica de escopetas de caza, vino a trabajar a Barcelona, y aquí pasaría el resto de su vida. A pesar de sus buenas notas, como en la canción de Albert Pla el hijo de aquella familia acomodada quería ser torero. En 1915 se consagraba en Las Arenas; y era sacado en hombros por la Puerta del Príncipe, en la Maestranza de Sevilla. Ahí le pusieron el mote de El Mesías del Toreo, aunque no tomó la alternativa hasta 1923 -a los 30 años de edad-, en la plaza de Donostia.

En 1924 hizo una gira de exhibición que le llevó a torear por Europa, Egipto y toda América

Hasta que murió se dedicó a los bombones y a la escuela taurina de Santa Cristina d'Aro

En aquel momento Pedrucho era todo un fenómeno de masas. Torero corajudo y arriesgado, su principal habilidad era la precisión con la espada. Gran charlista, a menudo contaba que en 1916 había acabado con un toro llamado Apis, que pesaba la friolera de 490 kilos. En esa misma época a punto estuvo de dar una representación en vivo de la ópera Carmen de Bizet en Las Arenas, en el papel de toreador y con la compañía lírica de la Ópera de París acompañándole. La cosa murió de puro faraonismo, pero tuvo entretenida a la ciudad durante varias semanas. También probó suerte como actor y apareció en Pobres niños (Henry Vorins, 1921), en la autobiográfica Pedrucho (Henry Vorins, 1923), y en otras seis películas; la última de las cuales fue La rebelión de las muertas (León Klimovsky, 1973), junto a Paul Naschy y Luís Ciges. De él se cuenta que congregaba más espectadores en la plaza de la Monumental que los que acudían a ver los partidos del FC Barcelona en el estadio de Les Corts.

En 1924 realizó una gira de exhibición, que le llevó a torear por Europa, Egipto, América del Norte y del Sur. De vuelta, volvió a confirmar la alternativa en Madrid y en 1928 vio morir a su hermano Martín -que era uno de sus banderilleros-, en la plaza de Marsella. Supersticioso como buen aficionado, contaba que un toro le corneó, y que a los tres años le salió una astilla del cuerno por la pantorrilla, que desde entonces llevaba encima como un amuleto. Por la calle causaba sensación, con su aspecto atildado -a lo gentleman inglés-, siempre con el sombrero ladeado y su media sonrisa permanente. Su efigie aparecía incluso en la colección de cromos Ases del toreo, que patrocinaba la casa Chocolates Juncosa. ¿Quién le iba a decir que poco después aquello sería su sustento? Buscando un negocio pacífico, Pedrucho aprovechó su buena estrella para abrir una tienda de dulces y confituras en el paseo de Gràcia número 33.

Todavía en el punto más brillante de su carrera, estalla la Guerra Civil. Será de los pocos toreros que actuará durante el conflicto en zona republicana. En 1936 participa en seis corridas; una de ellas en agosto -en la Monumental-, a favor de las Milicias Antifascistas. Aún le dará la alternativa al Niño de la Estrella, en mayo de 1937, el mismo día que cesan los combates entre anarquistas y comunistas. Pero ya no volverá a torear hasta septiembre de 1939, en un festival a favor de la Falange Tradicionalista.

Seis años después se retira a instancias de su mujer y se dedica a dirigir la Escuela Taurina de Barcelona, en la que descubrirá a Luis Barceló, el famoso torero del Poble Sec. También se hace popular como jugador de pelota vasca, en su modalidad de pala. En la Barceloneta aún hay muchos vecinos que se acuerdan de él, pues cada mañana acudía a entrenar en el Frontón de la Escollera. Cuando éste se fusione con el Club Natación Barcelona, también se le verá nadar en la piscina.

En sus últimos años se dedica exclusivamente a los bombones -que suele regalar en toda clase de acto benéfico-, y a la escuela taurina que abre en Santa Cristina d'Aro. Muere en 1973, el mismo año que Antonio Bofarull -amo de Los Caracoles-, que fue con él otra de las celebridades de aquellos años. Poco después desaparecía su bombonería, y con ella toda una época de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de agosto de 2011