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Editorial:

Noruega y nosotros

Hay que luchar contra la violencia, pero el fanatismo se combate con crítica y refutación

El autor de los atentados del pasado día 22 pretende haber actuado en defensa de la identidad noruega puesta en peligro por la inmigración, especialmente de ciudadanos musulmanes. Pero ocurre que un rasgo interiorizado por la población como seña de identidad de la Noruega moderna es precisamente su tradición de acogida y tolerancia. Resulta admirable, por ello, la declaración del primer ministro, Jens Stoltenberg, proclamando que la respuesta debe ser "más democracia" y asegurando que los atentados no van a cambiar el modelo noruego de sociedad abierta; y es llamativo que nueve de cada 10 ciudadanos se muestren de acuerdo con esa declaración.

Tal como se ha interpretado, más democracia no significa ignorar los errores y lagunas detectados en materia de seguridad. Los hubo y el Gobierno ha anunciado la creación de una comisión independiente para estudiarlos: por qué llegó antes la televisión (en helicóptero) que la policía, la aparente falta de medios, la confusión sobre el número de víctimas. Más democracia implica ahora más seguridad, pero no ha habido la histeria que en otros países suele seguir a conmociones de este tipo: a nadie se le ha ocurrido culpar de lo sucedido al Gobierno (o a la oposición) ni ha habido la carrera que aquí conocemos bien por exigir cambios normativos "drásticos" (aumento de las penas para ciertos delitos, por ejemplo). Tal vez haya que hacerlo, pero no improvisadamente y bajo el impacto de la matanza.

Otra paradoja es que el actual primer partido de la oposición, una formación con tintes xenófobos en la que militó en el pasado el asesino, llevaba años reclamando reformas que endurecieran la política de inmigración y reforzaran las medidas de control de la comunidad musulmana, a la que culpan del aumento de la delincuencia; pero el autor del mayor crimen de la historia del país ha sido un noruego cuyo fanatismo se alimentó de esos prejuicios.

Las ideas xenófobas constituyen un caldo de cultivo favorable para el desarrollo de la violencia terrorista; deben por ello ser combatidas, pero no necesariamente prohibida su difusión. Una cosa es la incitación a la violencia (incluyendo la que se difunde desde el anonimato de determinados sitios de Internet), que debe ser perseguida por la ley; y otra, las ideas fanáticas o extremistas no violentas, que se combaten mediante su crítica y refutación.

El ascenso de las corrientes populistas de derecha en países que parecían a resguardo de ese peligro (de Escandinavia a Holanda) requiere una respuesta democrática coordinada. Pero sin caer en la falacia de que para evitar que siga creciendo esa corriente, los partidos institucionales deban adoptar parte de su ideario xenófobo. Del mismo modo que la matanza del día 22 muestra que el terrorismo ultra imita la falta de inhibiciones morales del terrorismo yihadista, el mayor éxito del fanatismo sería que las sociedades abiertas dejaran de serlo en nombre del combate contra sus propios extremistas. Noruega ensaya una respuesta que evite ese desenlace.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de julio de 2011