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Editorial:

Fanatismo criminal

Si el atentado de Oslo es obra de una sola persona, la seguridad noruega queda en entredicho

Mientras la policía noruega busca posibles cómplices de Anders Behring Breivik, detenido como supuesto autor de la doble matanza que hasta el momento ha causado 92 muertos en Oslo (por la explosión de un coche bomba y por disparos en la isla de Utoya), la sociedad noruega despertaba ayer con el convencimiento de que la sensación de confortable seguridad propia de una de las sociedades más avanzadas del mundo había estallado en pedazos. El atentado del viernes, por la siniestra coordinación de acciones criminales y por el número de víctimas está en el mismo nivel de brutalidad e impacto sobre una sociedad inerme que los de Madrid y Londres. Como explicó uno de los testigos de los asesinatos de Utoya, "tendré miedo de por vida".

El perfil del detenido Behring Breivik revela una ideología ultraderechista, una tenacidad obsesiva por conseguir sus objetivos (compró seis toneladas de fertilizantes con cuyos componentes químicos se pueden fabricar explosivos) y una ausencia total de barreras psicológicas morales que impidieran los crímenes. La definición de "fundamentalista cristiano", incluida en el perfil policial, indica que era conocido su grado de fanatismo. Que no era un secreto, por otra parte, como prueban las invectivas racistas que difundía en la Red. El sangriento ataque a las Juventudes Laboristas en Utoya (difícilmente podrán olvidarse las imágenes de los cadáveres de quienes fueron abatidos por el asesino mientras trataban de esconderse tras las rocas de la costa) serían congruentes con el delirio ultrarradical de Behring.

Si se confirma en todos sus extremos la responsabilidad única de Behring surgirán incómodas preguntas que ya se pueden esbozar sobre la seguridad noruega. En primer lugar, los hechos habrían confirmado algo que ya se pudo advertir con las matanzas provocadas por incontrolados en Finlandia y Alemania: que la prevención de los ataques terroristas no puede ni debe orientarse solamente hacia el frente yihadista. Hay patologías sociales, quizá con un componente religioso más impreciso, pero recargadas de la fiebre racista, la soledad y la frustración, que pueden aterrorizar a las sociedades más avanzadas. Parte de estas patologías, por su carácter narcisista, se exhiben en las redes sociales. Una vez más, las amenazas latentes en las páginas web no se han tenido en cuenta o, sencillamente, no se disponía de los medios necesarios para controlarlas.

Además (si se confirma la autoría única de Behring), hay que poner énfasis en la aparente facilidad con que se ejecutaron ambos atentados. Existe un esfuerzo de coordinación evidente en las matanzas casi paralelas (Utoya dista unos 40 kilómetros de Oslo) puesto que Behring fue visto por la policía en las proximidades del barrio administrativo de la capital poco antes de la explosión. Una conclusión evidente es que los sistemas de seguridad noruegos fueron sorprendidos por un ataque procedente de un flanco inesperado, aunque la temprana detención de Behring revela que fueron capaces de reaccionar con celeridad. Para los ciudadanos de sociedades que ya han sufrido el terrorismo resulta insólita la ausencia de seguridad organizada en la convención laborista de Utoya; pero hay que tener en cuenta que Noruega es un país políticamente adscrito casi por definición a las causas en favor de la paz y, hasta el viernes, confiado en la seguridad de la inocencia.

Después de la tragedia de Oslo, parece evidente que volverán a alzarse voces que reclamen más seguridad, más controles y disposiciones represivas más eficaces. En su primera reacción pública, el primer ministro, el laborista Jens Stoltenberg, educado políticamente en Utoya, subrayó que Noruega combatirá el terrorismo con democracia. Es una respuesta acertada mientras se aclaran los hechos que aterrorizaron el país el viernes pasado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de julio de 2011