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Necrológica:

Jane Scott, la abuela de los cronistas del 'rock and roll'

La veterana crítica musical siguió activa hasta los 83 años

Una de las promesas del rock es la eterna juventud (o un equivalente razonable). Esa música, con su inmensa capacidad para reciclarse, también irradia su energía sobre personas que nunca salen al escenario, que están en la periferia del mundillo.

El perfecto ejemplo es Jane Scott, reportera del Cleveland Plain Dealer que falleció el lunes con 92 años. Hasta su jubilación en 2002, Jane presumía de ser la periodista musical en activo de mayor edad. No se trataba de una freak o una groupie sublimada: desempeñaba correctamente su oficio -previos, entrevistas, críticas- y se ganó el respeto de la plana mayor del rock.

Cleveland, en Ohio, se toma el rock muy en serio. A principios de los cincuenta, allí trabajaba Alan Freed, el locutor que popularizó la etiqueta de rock and roll para definir lo que era esencialmente música negra que atraía a adolescentes blancos. Con ese argumento histórico (y un fuerte compromiso económico), la ciudad acogió la sede del Salón de la Fama del Rock and Roll, que se aloja en un edificio del arquitecto I. M. Pei inaugurado en 1995. Cleveland también sirvió de trampolín para grupos rotundos como The James Gang, The Raspberries, Devo, The Dead Boys o Pere Ubu. Todos ellos contaron con su apoyo y sus consejos. Chrissie Hynde, que abandonó Ohio para fundar The Pretenders en Londres, explicaba que sintió que había triunfado cuando fue entrevistada por Jane.

No quería jubilarse: Prefería "ir a ver a Springsteen que jugar al bridge"

Nacida en 1919, Jane Scott hizo la guerra como voluntaria en la Marina. Ya desmovilizada, ejerció el periodismo en las secciones entonces abiertas a mujeres: las páginas femeninas, la crónica social, los consejos para la tercera edad y -finalmente- las tendencias juveniles. Eso explica que, en 1964, acudiera al debut de The Beatles en Cleveland. Con sus 45 años, quedó deslumbrada: convenció al Plain Dealer de la necesidad de contar en plantilla con alguien que cubriera la música rock, que comenzaba a vivir momentos de extraordinaria fertilidad y resonancia social.

En ese nuevo puesto, Jane entrevistaría a Paul McCartney, cantaría California girls con Brian Wilson, iría de compras con Jimi Hendrix y defendería a The Velvet Underground (ganándose el respeto del irascible Lou Reed). A mediados de los setenta, abrió el cajón de las alabanzas para celebrar la aparición de Bruce Springsteen, antes de que el rockero de Nueva Jersey ocupara simultáneamente las portadas de Time y Newsweek.

Evitaba las críticas negativas y apoyaba ardientemente a creadores que nunca triunfaron a lo grande, como Lyle Lovett. En el cara a cara, Jane Scott desconcertaba a artistas poco acostumbrados a tratar profesionalmente con damas solteras de su edad. Usando sus aficiones, ella rompía el hielo: se ofrecía a leerles las líneas de la mano o analizar su escritura. Todos picaban.

Entre el público o en el backstage, Jane Scott era la imagen de la abuela previsora. Llevaba el kit completo de la reportera musical precavida: linterna, tapones para los oídos, lápices, libretas y -por si aquello se prolongaba- un sándwich. Siempre mostraba una curiosidad benevolente: si tenía problemas para asimilar algo de lo que ocurría en el escenario, cedía la palabra a los fans en busca de las claves invisibles.

En 1987, su periódico intentó reemplazarla pero el rechazo de los lectores y los medios nacionales fue tan unánime que la dirección debió pedir disculpas y mantenerla. Ella lo explicaba gráficamente: "Si puedo ir a ver a Springsteen, ¿cómo me voy a conformar con jugar al bridge?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de julio de 2011