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Reportaje:

Tras los 20.000 'listillos' del metro

20 equipos de revisores recorren a diario toda la red contra el fraude - La empresa asegura que las personas que se cuelan no llegan al 1% del total

A Rafael Jiménez le habría salido más barato un taxi que un viaje en metro que esperaba gratuito. De Iglesia a Portazgo el trayecto le salió por 20 euros. En el andén lamentaba su mala suerte por haberse cruzado con un revisor del suburbano después de, según él, haber tirado el billete. La misma excusa que alega la mayoría de los usuarios a los que sorprenden los trabajadores de Metro.

Gaspar Ibáñez y Esperanza Camarillo, acompañados por un vigilante de seguridad, forman uno de los 10 grupos que recorren la red todas las mañanas -otros tantos lo hacen por la tarde- para coger a quien se cuela o usa un abono prestado y que no le corresponde. En la estación de Portazgo ofrecen a Jiménez la posibilidad de abonar los 20 euros de sanción en el acto o de darle una notificación para ingresar la cantidad en los próximos cinco días en una cuenta bancaria. Son pocos los que deciden sacar la billetera en el momento y muchos los que se enredan en un sinfín de explicaciones. La mayoría acaba avergonzada o con un buen enfado.

La sanción es de 20 euros, igual a 20 veces el precio del billete sencillo

A las once de la mañana los dos interventores se sitúan en uno de los andenes de la línea 6 en la estación de Pacífico, que tiene varios accesos. Las escaleras que desembocan en el andén de una de las puertas secundarias es uno de los puntos calientes. El goteo de gente a esas horas es escaso, pero la cara de una joven al encontrarse de frente con los revisores habla por sí misma. Ella también dice que ha perdido el billete y hasta se da media vuelta para ir a buscar el título por los pasillos. "Si lo encuentras te retiramos la sanción", dice Gaspar. La joven vuelve a los dos minutos y sonríe nerviosa porque no lo ha encontrado.

Otra mujer baja las escaleras y al poner un pie en el andén da muestras de tener buenos reflejos. Emprende la carrera y se va por donde ha venido. Nadie va tras ella. "Estamos para perseguir el fraude y para que el resto de usuarios vean que existe control, pero no vamos a salir corriendo detrás de nadie", explica Esperanza.

No es ni un trabajo fácil ni grato, según dicen ellos mismos. Gaspar y Esperanza llevan cuatro años de vagón en vagón y de andén en andén. A la caza del fraude, aunque el director de Operación de Metro, Julio Ruiz, asegura que este es "insignificante" y no alcanza el 1%. Pese a ser escaso, en poco más de una hora de trabajo en la línea circular hasta seis personas fueron descubiertas sin billete o con el abono de otro usuario.

Metro de Madrid no da cifras ni sobre el número de multas ni sobre la recaudación anual por sanciones. Quieren evitar el efecto llamada, según fuentes de la empresa. Ruiz calcula en unas 30 las multas impuestas por cada equipo de trabajo, lo que suponen unas 600 al día. Si unos dos millones de viajeros usan el metro a diario y el fraude no supera el 1%, alrededor de 20.000 personas se cuelan sin pagar cada jornada.

Tampoco hay datos de las multas que se quedan sin abonar. Según los datos de Metro, el 30% de los sancionados abonan en el acto los 20 euros -20 veces el valor de un billete sencillo- y del 70% restante otro 30% hace el ingreso en la cuenta de Caja Madrid en los cinco días siguientes. Al resto se le abre un expediente administrativo y se le requiere otra vez el pago. Si no lo hace, Metro informa al Consorcio Regional de Transportes, que abre un procedimiento administrativo.

Rafael Jiménez, el dominicano de 37 años al que sorprendieron en Portazgo, no piensa dejar que la sanción llegue al Consorcio. "Pagaré para evitar problemas con el tema de los papeles", explica. "Llevo nueve años en España, pero me quedé en paro el mes pasado y este no he podido comprar el abono", lamenta. "¿Que qué me parece que vigilen estas cosas?", se pregunta mientras espera otro tren. "Una chorrada", confiesa.

Desde Metro aseguran que las intervenciones se hacen "desde siempre", aunque en el año 2009 se incrementó el número de revisores de 70 a 100 por la ampliación de la red. Gaspar y Esperanza son de los más veteranos. Después de un rato en el andén, los revisores se suben a uno de los vagones. Nada más entrar los usuarios se agitan. Todo el mundo se lleva la mano a los bolsillos o rebusca en el bolso. Este tipo de intervención, dentro de los trenes, solo se hace a media mañana para evitar las horas punta en las que los vagones van repletos. "Es por cuestión de seguridad, si hay gente de pie alguien podría caerse", explica Gaspar.

Un chico al fondo del vagón empieza a ponerse a nervioso al ver avanzar a los revisores. Se levanta y se vuelve a sentar. A su lado Daisy Marín muestra su abono casi de lado. "En la próxima parada bájese", le dice Gaspar, que para evitar que los usuarios se incomoden nunca notifica la sanción dentro del vagón. Ya en el andén de la estación de Buenos Aires comienzan las explicaciones. "Es el abono de mi tío, pero yo me lo iba a comprar ahora", protesta la joven de 16 años. No hay clemencia. Se le retira el abono y se le pone la multa. La mayoría de las veces todo se queda en un par de excusas. Pero si el usuario no quiere identificarse se llama a la Policía Nacional. Un hombre se resiste en el andén. "Como quieras, pero si tiene que venir la policía vas a perder la mañana", dice Esperanza. El chico acaba sacando el DNI y maldiciendo su suerte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de julio de 2011