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Columna
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El futuro de Franco

Fui con 10 años al Valle de los Caídos. Allí me llevaron mis padres sin ánimo alguno de adoctrinamiento político ni religioso. Al margen de lo que pensaran, tuve la suerte de ser educado sin fanatismos ni rencores. Al Valle de los Caídos fuimos de excursión, con la barra de pan y la tortilla de patata, para subirnos a aquella cruz grandota que se veía desde Madrid. Aún recuerdo la impresión que me causaron esas figuras bíblicas ciclópeas con cara de mala leche que erigió Juan de Ávalos. Imposible olvidar aquella terrible Piedad de aspecto fantasmagórico que, más que inspirar dulzura y conmiseración, acojonaba.

Cuando entré en la basílica me sentí un pigmeo. Pensé entonces que aún no había crecido lo suficiente, pero cuando volví de mayor con mis hijos, comprendí que la arquitectura del templo trataba deliberadamente de hacer pequeños a los hombres. Sin duda, esa fue la intención de los que manejaron tales proporciones para satisfacer a quien pretendió levantar algo gigantesco que le trascendiera. Porque no hay duda de que el Valle de los Caídos es, por encima de cualquier otra, la obra de Franco. Miles de hombres picaron piedra durante 19 años para darle ese gustazo. Casi dos décadas sin escatimar los recursos y esfuerzos que tanto demandaba para otros fines aquella España misérrima.

No tuvo mucho sentido que lo enterraran en un monumento destinado a los caídos de la guerra

Sesenta años después no se sabe muy bien qué hacer con el engendro. Nadie, ni siquiera Felipe González, quiso hincarle el diente y, ahora que Zapatero está en las últimas y su Gobierno vive las horas más bajas, se les ocurre proponer un replanteamiento del mausoleo. Difícil tarea para los 10 componentes de la comisión nombrada al efecto. Difícil porque cualquier cambio, por razonable que sea, encontrará la queja desabrida de la derecha más gritona y de los neonostálgicos del franquismo, últimamente tan crecidos. Lo que más les enciende es que se plantee la posibilidad de sacar de allí los restos de Franco. Pocas cosas me tienen más sin cuidado que la ubicación de esos huesos. Bastante le padecimos en el pasado como para que nos altere su futuro.

Puedo entender, sin embargo, que esa tumba levante ampollas entre los familiares de aquellos republicanos cuyos restos levantaron de las fosas comunes para meterlos allí. Nadie les pidió permiso y, aunque en principio no estaba previsto llevar restos del otro bando, Franco cambió de opinión cuando las viudas de los caídos del lado nacional se negaron a mover a los suyos de los cementerios locales y el Valle se le quedaba vacío.

Creo que ni a José Antonio Primo de Rivera le hubiera gustado compartir el subsuelo del altar mayor con los huesos de Franco. Quienes les conocieron cuentan que nunca se cayeron bien. Si los muertos hablaran seguro que algo diría de cómo el generalísimo aprovechó su ausencia para apropiarse de la Falange y manipular groseramente su ideario para proporcionar un armazón político al golpe militar. Pero los muertos no hablan y a Franco en vida nadie tuvo los huevos de preguntarle si prefería que le enterraran en el Valle o en el panteón del Pardo que adquirió años antes de morir. Que se sepa, él tampoco se pronunció al respecto y solo el arquitecto de la basílica creyó entenderle, al concluir la construcción, que aquel podría ser su lugar de reposo.

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En realidad, no tuvo mucho sentido que lo enterraran en un monumento destinado a los caídos de la guerra muriendo 40 años después en una cama de La Paz. Con todo, lo más inadmisible no es dónde esté enterrado Franco sino el que aquello siga siendo un parque temático de la dictadura. Un lugar de culto y peregrinación del totalitarismo para mayor gloria de quien secuestró las libertades de los españoles. Eso es lo que ha de cambiar y para ello no se necesita mover una sola piedra. Basta reinterpretarlo desde la democracia y la conciliación. Hacer del Valle un auténtico memorial en el que se recuerde a las víctimas de ambos bandos y el drama de una contienda que nunca debió pasar. Que quienes suban allí tengan muy claro que esa mole de granito es Patrimonio Nacional no Patrimonio Ultra y que el cuerpo que acoge esa tumba del altar mayor no es el de un santo sino el de un dictador. Igual en esas condiciones la familia Franco prefiere llevárselo a El Pardo.

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