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Crítica:

La carne (blanca) y la culpa

"Después de creer durante muchos años que nunca soñaba, soñé con África", afirma la protagonista de Una americana consentida, de Russell Banks. Algo parecido podría decir Claire Denis, cuya infancia discurrió por Camerún, Somalia, Burkina Faso y Yibuti, en su condición de hija de un funcionario de la Administración Colonial Francesa: su carrera como directora aparece puntuada por periódicas aproximaciones a sus personales memorias de África -Chocolat (1988) y Beau travail (1999)-, que culminan con esta obra de madurez en la que se certifica que el sueño de África, enturbiado por el sentido de culpa poscolonial, se ha transformado en absorbente pesadilla. Hay que celebrar que Una mujer en África llegue a las pantallas españolas, aunque sea con dos años de retraso: no solo es una película sobresaliente, sino uno de los trabajos más importantes que se han estrenado esta temporada. También cabría preguntarse por qué esta, su décima película de ficción, es su primera obra estrenada comercialmente en España: al cinéfilo español que no haya accedido al ciclo que, en su día, programó el Festival de Gijón se le ha negado la oportunidad de asistir al crecimiento de una de las miradas más personales del cine contemporáneo.

UNA MUJER EN ÁFRICA

Dirección: Claire Denis.

Intérpretes: Isabelle Huppert, Christophe Lambert, Isaach de Bankolé, Nicolas Duvauchelle.

Género: drama. Francia, 2009.

Duración: 107 minutos.

El título original -White material- alude a la expresión despectiva -Carne blanca- con que el africano identifica a la presencia residual de los representantes del viejo poder colonialista. El término da una idea del tono de una película que se abstiene en aplicar una mirada paternalista, compasiva o sentimental sobre el irresoluble conflicto con el Otro. Con una narrativa elíptica que nunca subestima al espectador y con un fascinante enigma en su centro -el personaje de Isabelle Huppert-, Una mujer en África cuenta la historia de una ambigua resistencia individual -debida a la ceguera, la obcecación, la pulsión de muerte o el apego a una utopía colonial que se desangra-, mientras el caos lo devora todo a su paso. Claire Denis prefiere plantear preguntas irresolubles a dar respuestas bienintencionadas en esta obra maestra que une portentoso estilo y moral limpia de autoengaños.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de julio de 2011