Columna
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Pitos y aplausos a la izquierda

Ha transcurrido una semana y Jorge Alarte, el todavía líder del PSPV, no ha presentado la dimisión. Lo de la dignidad sólo era un eslogan electoral que a su entender no le incumbía. Lo suyo, como los jornaleros de la política, es resistir el temporal cuando sobreviene y echarle la culpa a los meteoros, llámense crisis económica o fatalidad, como es el caso. Lo grave para él en esta ocasión es que se le debe responsabilizar en buena parte del revolcón sufrido en las urnas, pues nunca, que recordemos, ha estado el partido socialista más desfigurado, hasta el punto de que han maquillado las históricas siglas para simular sus ya limadas credenciales progresistas. Socialistes valencians, se decían. ¿Cómo, pues, esperar que alguna vez proclamasen los valores republicanos y apostasen por el laicismo frente al atosigamiento clerical que se padece por esto pagos, señalamos a modo de ejemplo? De lagarteranos se hubiesen disfrazado con tal de ser bendecidos por los estamentos presuntamente moderados y resueltamente peperos. Así les ha ido.

No ha de extrañarnos que desde el seno de ese colectivo se pida la cabeza de su dirigente junto al mariachi que le acompaña, reos de haber podado al partido de no pocas de sus más lúcidas cabezas. Una descapitalización de talentos que pudo haberse disimulado mediante el favor de las urnas, pero que ahora urge enmendar porque el socialista, nos guste o no, sigue siendo en esta Comunidad el partido de referencia de la oposición y en modo alguno puede ésta celebrar su descalabro. De ahí también que la crítica requiera más severidad que indulgencia. Confiemos, por ello, en que no se aplace el inminente congreso o cónclave catártico que licencie a su fracasada dirección y avente cuanto antes el derrotismo que desde hace más de tres lustros atenaza al partido. Mucha gente celebraría verles en la Generalitat antes de espicharla.

Pitos y también aplausos, sobre todo para la coalición Compromís que, contra todo pronóstico, incluidas las acreditadas encuestas, ha sido la revelación de esta cita electoral. Revelación, pero no milagro porque el triunfo ha sido abonado por un trabajo abnegado, un discurso freso y un feliz concierto de estrategias partidarias. A partir de este momento, Iniciativa, Bloc y Verds tienen el problema de administrar el éxito y responder como se espera tanto en la gestión de los ayuntamientos como en los escaños de las Cortes, donde sus portavoces han sido a menudo un revulsivo a lo largo de la pasada legislatura. El renovado y acrecido apoyo ha de acentuar su rigor y audacia. Incluso puede acontecer que, de la mano de sus coaligados, los nacionalistas dejen de bailar la yenka y resuelvan por fin ser carne o pescado, derecha o izquierda. Jugar ambas cartas es un vivero de suspicacias.

A Esquerra Unida, tampoco le ha ido mal. Será grupo parlamentario con cinco diputados y tendrá más presencia en los municipios. Los viejos roqueros aguantan, pero tal como acontece con la coalición comentada, habrían de aprestar sus ánimos para tender puentes y superar esta fragmentación de siglas cuando tanta similitud se constata en los programas. Por desgracia, se olvida o desdeña a menudo que el adversario a batir es la derecha y que el patriotismo de unos partidos, que sólo son un instrumento, no deja de ser una memez que nos aleja del objetivo. Pero hoy por hoy celebremos estos progresos no tan pírricos que palian la mortificante derrota que nos ha infligido el magma carca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 29 de mayo de 2011.

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