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"Si perdía la esperanza acabaría como un andrajo"

El fotógrafo Manu Brabo, prisionero de Gadafi, relata su cautiverio en Libia

Con camiseta azul y flanqueado por sus padres, Manuel y Victoria, entre gritos de bravo -o Brabo-, visiblemente cansado pero con una tímida y animada sonrisa. Así se presentó ayer el fotógrafo Manu Brabo ante la prensa y amigos en el aeropuerto de Barajas. El miércoles fue liberado por el Gobierno libio tras permanecer detenido por las tropas de Gadafi desde el 5 de abril. El primero en romper el hielo fue su padre que, muy emocionado, agradeció el apoyo de los compañeros y amigos de su hijo que se han movilizado durante los 44 días de su cautiverio, y especialmente el de Diego Ruiz, el representante de la Embajada; y al Ministerio de Exteriores, "que nos ha mantenido con la esperanza viva tanto tiempo".

Luego le llegó el turno a Brabo. Entre lágrimas mostró su reconocimiento a sus compañeros. Luego, con gesto fatigado, relató su cautiverio en Libia. Explicó cómo los rebeldes -"el ejército de Pancho Villa", los llamó- los abandonaron a él y a los periodistas James Fowley, Claire Morgane y Antón Hammerl al iniciarse un contraataque de las tropas de Gadafi. Comenzaron a disparar contra él y sus otros tres compañeros -Hammerl resultó malherido y su familia lo da por muerto-, luego los capturaron, los ataron y empezaron a darles "culatazos". En Brega, los sometieron por separado y con los ojos vendados a un interrogatorio, y tras dos días en un calabozo los "arreglaron" para una "especie" de entrevista para la televisión libia. Después los trasladaron a Trípoli. Esa fue la primera vez que pensó que podían liberarles, ya que durante el trayecto les ofrecieron té y bocadillos. Brabo y sus compañeros permanecieron 12 días en un centro militar, solos en una celda de aislamiento. Luego los trasladaron a un juzgado y les acusaron de entrar ilegalmente en el país y de ejercer el periodismo sin permiso. En prisión, el alcaide le facilitó un teléfono para contactar con su familia. "Estaba muy preocupado porque tú sabes que estás vivo, pero no sabes lo que ellos pueden pensar. Luego resulta que mis padres sabían más que yo".

Volvió a acudir al juzgado en varias ocasiones. Luego fueron llevados a una villa de la capital libia, "con cama, espejo y platos de gambas. Justo entonces se le ocurre a la OTAN bombardear Trípoli". Les cambiaron a otra villa, "con tele, cama y Coca-Cola. Nos tuvieron allí comiendo hasta lograr que pareciéramos personas". Ese hecho reavivó su esperanza. Una esperanza que Brabo ha confesado que nunca perdió. "Decidí que si lo hacía acabaría siendo un andrajo en una celda".

El lunes de la semana pasada les llevaron de nuevo a los juzgados "y el fiscal que el primer día nos había acusado se puso una toga y se convirtió en juez". El nuevo magistrado le aseguró que quedaría libre. Algo que sucedió 10 días después. El miércoles lo llevaron en un lujoso mercedes hasta un hotel donde estaba la prensa. "Allí nos ofrecieron quedarnos a trabajar legalmente", concluye con una media sonrisa.

De nuevo entre bravos -o Brabos- el fotógrafo español se fue acompañado de los suyos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de mayo de 2011