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64º Festival de Cannes

Kaurismäki deja ganar a sus perdedores

Hay directores que independientemente del lugar en el que ambienten sus tramas, el idioma en el que estén rodadas, los actores que utilicen o las historias que cuenten son inmediatamente reconocibles para cualquier aficionado al cine con solo ver una secuencia, y también lo serían aunque no existieran los aclarativos títulos de crédito. El finlandés Aki Kaurismäki es uno de ellos. Normalmente, no le gusta salir de esa Helsinki tan sombría que a veces te crees que es un decorado, sus personajes son siempre pintorescos, poseen gestualidad keatoniana, se expresan con monosílabos y jamás parece que sus sentimientos se alteren llueva o haga calor, estén acorralados o resignadamente de acuerdo con su triste vida. Los protagonistas son eternos y estrafalarios perdedores empeñados en mantener su dignidad. También funciona en ese cine un inimitable sentido del humor y de la tragicomedia. Con Kaurismäki sabes lo que te vas a encontrar, pero le salga mejor (La chica de la fábrica de cerillas y Contraté un asesino a sueldo son espléndidas) o peor, garantiza una forma autónoma de mirar la vida, un planeta emocional muy peculiar, la eterna duda de si lo que estás viendo o escuchando está planteado en serio o en broma.

Tiene un metraje sagrado, en plan antiguo, jamás pasa de hora y media

Jodie Foster plantea con inteligencia dilemas morales turbios

En Le Havre Kaurismäki se traslada a Francia, a esa ciudad normanda y portuaria que imaginamos brumosa, enigmática y canalla. También utiliza un idioma que no es el suyo y tiene que prescindir de la mayoría de sus actores habituales. Da igual. Se las ingenia para encontrar los mismos caretos y pintas exóticas que caracterizan a su fauna, mantiene idéntico ritmo y atmósfera, nunca sabes cómo van a reaccionar esos marginales ante su problemática existencia, te hace reír con los muy serios disparates que utilizan para defenderse.

La protagoniza un antiguo bohemio que ha renunciado a sus aspiraciones literarias para llevar una vida tranquila en Le Havre. Por normalidad entiende trabajar de limpiabotas callejero, sobrevivir en una casita en estado ruinoso en compañía de su amada y muy enferma mujer y de un perro anodino, disponer para tabaco y vino en bares oscuros y habitados por un lumpen hermético, coleguear con el verdulero y la panadera de su barrio. La placidez de este superviviente se verá alterada y le exigirá astucia y coraje cuando se responsabiliza de que un niño inmigrante que iba de polizón en un barco logre escapar de una policía con vocación para cazar a los ilegales más desamparados y llegar a Inglaterra en busca de su madre. Las argucias del limpiabotas, ayudado por la solidaridad y la conciencia de clase de otros marginados, para burlar el orden y que el crío negro recobre la esperanza, poseen un encanto y una gracia notables. Como todas las películas de este director tiene un metraje sagrado, en plan antiguo, jamás pasa de hora y media. El tiempo se te hace muy corto y abandonas la sala con una agradecida sonrisa. Los presuntos marcianos de Kaurismäki están llenos de vida.

Jodie Foster, además de ser una actriz excepcional, una mujer sin atributos especiales que puede meterse en la piel y en el corazón de la fauna más variada, también ha dirigido películas nada desdeñables. El castor es la tercera. En ella retrata con veracidad, sentimiento y complejidad la feroz depresión de un aparente triunfador, de alguien que ve cómo está machacando a sus cada vez más lejanos mujer e hijos, cuyo único y lógico y comprensible anhelo es dormir continuamente y que decide suicidarse. Una marioneta con forma de castor lo impedirá, logrará que éste vuelca con energía proteica a la existencia recobrando el amor de los suyos y el éxito profesional, pero a cambio le exige que se olvide de su antigua personalidad, de lo bueno y de lo malo, que obedezca ciegamente sus órdenes si pretende ser feliz. El instrumento de salvación, su álter ego, es un dictador que le obliga a habitar una piel confortable. A partir de ese drama psicológico ocurren muchas y desgarradoras cosas.

Jodie Foster plantea con inteligencia dilemas morales muy turbios. No solo el de este adulto que estaba agónico y es falsamente resucitado, sino también el de sus hijos, bloqueados por la incomunicación y el de una esposa que no acepta la plenitud que le puede otorgar una milagrosa impostura. Es una película desasosegante y emotiva, muy bien interpretada por Mel Gibson, ese señor tan bocazas y compulsivo como excelente director y actor de raza, alguien que tiene muy crudo mantener el estrellato o simplemente el trabajo debido a sus barbaries verbales, sus prejuicios y su violencia. Jodie Foster se arriesga, apuesta por él y le ofrece un personaje conmovedor. Y es tan lista y tan poco diva que siendo la coprotagonista con Gibson en una película que dirige ella, le ofrece a él la parte del león y ella se retira con talento a un discreto segundo plano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 18 de mayo de 2011