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Reportaje:

Los enemigos del geriátrico

Jubilados de Moratalaz y Vallecas levantarán en Torremocha del Jarama 54 apartamentos en los que pasar la tercera edad de forma autosuficiente y activa

Esta es la historia de un grupo de hombres y mujeres rebeldes que se niegan a pasar la tercera edad postrados en una mecedora. Después de ocho años buscando terreno, Trabensol, la primera cooperativa de jubilados de la Comunidad de Madrid, comenzará a construir a mediados de mes una casa común que gestionarán ellos mismos, bajo sus propias reglas. La más importante: mantenerse activos.

No quieren oír hablar de los geriátricos. "Ese es un sitio donde te lo dan todo hecho. Nosotros en cambio queremos ser independientes, dueños de nuestro futuro y opinar sobre cómo queremos que sea nuestra vida. Vivir rodeados de amigos", cuenta Felisa Laíz, de 68 años, la que esta mañana lleva la voz cantante. Felisa cruza la carretera acompañada de otros socios y pasea por el solar situado en Torremocha del Jarama, a 63 kilómetros de Madrid. Una cuadrilla de obreros alisa el terreno y urbaniza lo que tiene que ser la entrada al recinto. Se prevé que sea un complejo con 54 apartamentos, gimnasio, zonas comunes, una especie de huerta. Cada piso cuesta unos 142.000 euros.

"Es un acto de amor. Nuestros hijos no cargarán con nosotros"

El complejo contará con gimnasio, zonas comunes y una huerta

La idea de esta cooperativa, ideada hace una década, surgió de un grupo de amigos de Vallecas y Moratalaz, gente comprometida, caras frecuentes de las asociaciones de vecinos, los mismos que lucharon por convertir en escuelas dignas los barracones donde se impartían clases hace 40 años. Ahora quieren hacerse compañía en la vejez, cuidar unos de otros, mantener unido el vínculo entre ellos.

¿Cuentan con el apoyo de sus hijos? "Les hemos explicado que esto es un acto de amor. No queremos ser una carga para ellos, no nos deben nada ni tienen que cuidar de nosotros porque queremos ser independientes", explica dicharachera María Luisa Llorena, muy ágil entre la gravilla que sortea con la ayuda de un bastón. A ellos les horroriza pensar que se quedan solos en su casa o que ingresan en una residencia donde no conocen a nadie. Es un grupo convencido de que la mejor forma de encarar la vejez es ejercitar las neuronas, por lo que no dejan de idear clubes de lectura, de cine, en fin, actividades culturales.

El camino hasta aquí ha resultado tortuoso. Diez años de hablar con alcaldes, negociar con constructoras, cuadrar presupuestos. Les pedían auténticas fortunas por suelo urbanizable. Después, a la cooperativa le pilló de lleno el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y la posterior falta de crédito. Pero finalmente, tras sortear muchos obstáculos, pondrán la primera piedra del Centro Social de Convivencia para Mayores, como le han llamado, el sábado 14 de mayo.

Torremocha, un pueblo de 769 habitantes, recibirá en la primavera de 2012, fecha en la que está prevista que finalicen las obras, un centenar de nuevos habitantes con una media de más de 70 años. "No se trata de una invasión", previene Felisa Laíz, "desde que compramos el terreno venimos a las fiestas, nos relacionamos con los vecinos. Con nuestra presencia queremos mejorar la vida de todos".

Elegante, con un pañuelo en la chaqueta, José María García, de 72 años, lleva meses recibiendo clases de chi kung, un tipo de gimnasia oriental. Lo enseñará a otros cuando venga a vivir aquí. Está convencido de que poco a poco ellos pueden ayudar a cambiar la idea de la sociedad, empeñada a veces en pensar que los abuelos no tienen más que esperar su final. "Se piensa que uno deja de sentir y eso es una tremenda falsedad. Uno se vuelve con los años más sensible, puede amar, necesita afecto, comprensión, alguien con quien hablar". Su meta es llenar de dignidad y significado una etapa de la vida que cada vez se prolonga más.

Igual de elegante, tocado con un sombrero, Jaime Moreno, redactor del No-Do y posterior director del programa Un país en la mochila, presentado por el difunto José Antonio Labordeta, señala que la tercera edad no es un final, sino un principio. "No queremos ser los viejecitos que ven pasar las horas en el parque. Tenemos mucho que decir y que hacer. Abrimos un nuevo camino a otras generaciones que están por venir", añade.

Una pareja pionera de este proyecto, la de Lili Isabel y Andrés Díaz, regentaba una pequeña imprenta que fue devorada poco a poco por las nuevas tecnologías. Díaz, entusiasta, emprendedor, fue durante años el auditor de cuentas de esta cooperativa. Su ilusión era sacar adelante el proyecto. Sin embargo, el año pasado murió. Ella, con 71 años, tendrá que vivir sola en el apartamento que habían planeado compartir durante su vejez, después de toda una vida juntos. "Le hubiese encantado ver que esto sale adelante", sostiene su mujer sentada frente al terreno. Ya tiene pensado dónde va a plantar un árbol en su memoria. "Para que Andrés siempre esté aquí, conmigo y con sus amigos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de mayo de 2011