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Reportaje:

"Te tutean a los 30 segundos"

Una "etnoguía" francesa define a las madrileñas como directas, callejeras y optimistas - "Los horarios producen un despiste alucinante", dice la autora

Temperamentales, ruidosas, callejeras, directas. Devotas del rubio de bote, la pelu, y la pandilla de amigas. Optimistas pese a la crisis. Así son las madrileñas vistas por una parisiense, la periodista Cécile Thibaud, afincada en la ciudad desde hace una década (tiempo suficiente para sustituir la mantequilla por el aceite de oliva... salvo para la repostería). Su visión, trufada de humor, se plasma en un libro que llega ahora a las librerías francesas, Une vie de Pintade à Madrid (Calman-Levy). "Pintade quiere decir mujer libre", aclara. Y las madrileñas lo son tras haber dado un paso de gigante "en una generación". "Tienen el instinto de la felicidad", asegura.

El libro, con un planteamiento tan galo como el de "etnoguía", "es una mirada de mujer para saber cómo viven las mujeres", resume Thibaud (1961). Ojos de francesa perspicaz para ofrecer a las compatriotas a punto de desembarcar en Madrid un manual de instrucciones sobre la capital y sus ciudadanas, direcciones incluidas. Todo, a través de los pequeños detalles, de un día a día que resuelve dudas clásicas de los vecinos del norte. Como la pregunta al descubrir calles atestadas en la madrugada de un día de diario. "Sí, esta gente tiene que trabajar mañana", responde Thibaud. Como la queja estupefacta ante los horarios interminables y tardíos. "Sí, producen un despiste alucinante".

"Aquí, si no tienes madre, no eres nadie", ironiza la periodista Thibaud

La ropa tendida a la vista del prójimo sorprende a las mujeres galas

"Madrid no es una ciudad pretenciosa. Es como una acumulación de pueblos, que son los barrios, donde la vida es muy tranquila". Y encima, casi todas las madrileñas tienen además un pueblo de verdad al que escapar en vacaciones, algo impensable para las parisienses, distanciadas de cualquier lazo rural, añade la periodista, corresponsal del semanario L'Express y del diario La Tribune de Genève.

Uno de los principales encantos capitalinos es "la simpatía" y "el trato directo". "Lo que más me sorprendió al llegar es que te tutean a los 30 segundos y te llaman cariño". Y eso, para un ciudadano de ese imperio del usted y de las perífrasis con condicional llamado Francia, es un sobresalto.

Y habrá muchos más para la recién llegada: "Las madrileñas hablan alto. Les encanta estar en la calle. Se reúnen con su pandilla incluso las mujeres mayores, que ocupan los espacios públicos, algo que mi abuela nunca haría", detalla Thibaud. "Disfrutan de estar en grupo". Y nada de recibir en casa.

Este universo femenino se divide en varios fenotipos: "la pija del barrio de Salamanca" ("para ella, cruzar la Castellana es un poco como entrar en territorio comanche"), "la rockera de Malasaña" ("detesta la idea de ser como todo el mundo"), la chamberilera ("se considera una madrileña de pura cepa"), "la cañí de Vallecas" ("orgullosa de las raíces obreras" del barrio), la "urbanita de Chueca" ("ha gastado fortunas en insonorización"), la "pijipi de Lavapiés" ("se enorgullece de las 88 nacionalidades que cohabitan en el barrio"), y la "superpija de La Moraleja" ("baja del descapotable en minifalda").

Un abanico amplio en una ciudad donde "la ropa se tiende a la vista de todos", en el mercado se pregunta "¿quién es la última?", el coche se deja hasta en triple fila "un momentito" y las abuelas son una figura esencial.

"Aquí, si no tienes madre, no eres nadie", dice Thibaud por experiencia propia: tiene dos hijas. Y a las abuelas les dedica muchas líneas: son las grandes proveedoras de atenciones a los más pequeños mientras sus hijas trabajan ("pasean el cochecito del nieto como gallinas cluecas", exhiben al bebé con satisfacción y con unos modelos de perifollos imposibles al otro lado de los Pirineos). "La abuela está incluida en la organización general de las mujeres", dice esta vecina de Argüelles. Y por si fuera poco, preparan los tupper, esa tartera modernizada que tanto alivia la semana a la prole.

Las lecturas de Almudena Grandes, Manuel Longares y el cine de Almodóvar están tras el libro de Thibaud, una obra sin los tópicos habituales de toros y flamenco, a los que se sumó en los últimos años la movida.

La autora, que se sintió madrileña el día que logró tender en el patio sin sentir rubor, da pistas para solteras (un apartado para el "¡esta noche vamos a triunfar!") y para madres convencionales. A ellas les revela el secreto más inextricable para los extranjeros: cuándo duermen los madrileños. "Hacen la siesta los fines de semana", dice Thibaud. Y se entrenan en el desvelo desde pequeños. "A los seis años, los niños duermen una hora menos que los franceses", concluye.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 20 de abril de 2011