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Reportaje:FÚTBOL | 32ª jornada de Liga: el clásico

Espiral Mourinho

El protagonismo del técnico portugués contamina la serie del clásico, tanto para el Madrid como para el Barça, en vísperas de la Copa y después de que los azulgrana encarrilaran la Liga

Acabado el Acto I de la serie del clásico, se diría que el Barça juega con amplitud de miras, más pendiente de su juego que del adversario, independientemente del torneo. La suya es una mirada opuesta a la del Madrid, que contempla los enfrentamientos como si fueran un pack y guardaran relación, los cuatro dependientes de la estrategia urdida por Mourinho, definitivamente el hilo conductor de una obra que cuenta con un personaje inesperado: el tapón Pepe.

Así las cosas, el Madrid hace ver como que el sábado no se jugaba la Liga, sino que se preparaba para la Copa y, al tiempo, tomaba carrerilla para la Champions. Desde este punto de vista, el Madrid cree que está más cerca que nunca del Barça, ganador de los cinco partidos anteriores, de ahí la celebración del empate en el Bernabéu. Pobre consuelo para un equipo que dispone seguramente de la mejor plantilla del fútbol y, consecuentemente, la más dispuesta para gobernar un torneo a largo plazo como la Liga. Ocurre que el Madrid se empequeñeció, como si fuera un equipo menor, en la misma medida que se agrandaba Mourinho, más pendiente de su currículo que del club.

A fin de cuentas, el Barça no podrá igualar el récord de seis victorias seguidas del Madrid en los clásicos que van de 1962 a 1965 por obra y gracia de Mou. No hay figura más contaminante que la de Mourinho. Florentino, Valdano y Casillas, los distintos estamentos del Madrid, parecen entregados a su causa, expectantes por saber si es cierto que el técnico ha dado con la fórmula para desactivar a Messi y, por extensión, el partido del sábado marcará el punto de inflexión que acabará con el dominio del Barcelona.

El Madrid ha perdido el miedo y ganado confianza a partir de la fiereza de Pepe, un central convertido en volante para impedir el juego de asociación y aislar a La Pulga, lo que consiguió con la permisividad del árbitro. Mourinho parece haber encontrado en la Liga un plan para la Copa. Insistirá seguramente con Pepe en la medular, mientras Sergio Ramos sustituye al sancionado Albiol como central, y es posible que dé vueltas a la posibilidad de acomodar en la alineación a Özil, revulsivo del equipo, una concesión que reclama la tradición del Madrid.

A Mourinho, entregado a los jugadores físicos, le interesa demostrar que es mejor tener el balón en un córner o una falta que en la divisoria como pretende el Barça, obligado a dar vueltas al planteamiento de Chamartín con vistas a Mestalla. Guardiola necesita recuperar a Puyol o, en su defecto, recurrir a Mascherano como acompañante de Piqué antes que retrasar a Busquets, pieza capital como volante para equilibrar el equipo y activar el juego interior. Y puede que el entrenador repare, por lo demás, en la posibilidad de dar entrada a un medio (Afellay, Thiago, Keita) en vez de a Pedro, aún falto de chispa, para dinamizar el medio campo y complicar la vida a Mourinho, imparable cuando su equipo se pone por delante en el marcador. La presión del canario, por otra parte, pierde sentido cuando el adversario no quiere la pelota. Nadie convencerá, en cambio, al técnico de que quizá sería mejor que jugara Valdés que Pinto, titular en la Copa. El vestuario azulgrana interpretaría el gesto como una concesión populista o un acto de prevención ante el Madrid.

"El empate nos irá muy bien para preparar la Copa", anuncia Guardiola, que no quiere desquiciarse con Mourinho como le pasó a Rijkaard en una eliminatoria con el Chelsea. Guardiola ha ganado cuantas finales ha disputado. Únicamente no ha alcanzado dos de todas las posibles, ambas el año pasado: la de Copa, eliminado por el Sevilla, y la de la Champions, superado precisamente por el Inter de Mourinho, que acumula dos años sin perder una eliminatoria copera (14 rondas). Imposible, consecuentemente, que el Acto II no esté condicionado desde el banquillo.

Pocas veces los dos grandes del fútbol español habían estado tan entregados a sus entrenadores, algo más normal en el Barça que en el Madrid, ahora en brazos del técnico más monopolista del mundo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 18 de abril de 2011