Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Espectadores

Francia ha homenajeado estos días a Aimé Césaire, el admirable escritor martiniqués al que le debo reflexiones estéticas y posiciones morales que no dejan de servirme de guía. Como cuando dice en Retorno a mi país natal: "Sobre todo, cuidado con asumir, incluso de pensamiento, la actitud estéril del espectador, ya que la vida no es un espectáculo, un mar de penas no es un proscenio, un ser humano que gime no es un oso danzante". Creo que estas palabras encierran un mensaje y una alerta que valen para cualquiera o que nos conciernen a todos, pero que se dirigen de manera muy especial a los artistas y creadores y difusores de imágenes y de representaciones de la realidad y la experiencia humanas.

Aimé Cesaire nos pone en la vía de una interrogación moral esencial: ¿cómo hay que representar el sufrimiento de otro? ¿Cómo hay que decirlo y mostrarlo para que del otro lado de la mirada no haya un espectador desactivado, sino un interlocutor crítico, es decir, conmocionado y conmovido? ¿Cómo hay que representar el dolor humano para que no se vuelva, ni un milímetro ni un segundo, un objeto, un producto, una obra para ser mirada o admirada, para que ese sufrimiento no sea en ningún caso ni espectacular ni estético? Y llevo mi interrogación a imágenes como la que acaba de ganar el premio internacional de la prensa: la de la joven afgana a la que su marido ha dejado sin orejas ni nariz. ¿No contiene esa fotografía, como de posado, una representación estilizada, estetizada del drama de esa joven? ¿No nos vuelve así meros espectadores de su dolor? Comprendo la importancia de denunciar ese tipo de agresiones, pero no acabo de conformarme con esa forma reposada, armónica, de hacerlo.

Y no me conformo, desde luego, con el tratamiento que está recibiendo estos días el caso del joven que (presuntamente) ha asesinado a su novia embarazada y luego ha trasmitido las imágenes de la muerta, a su familia, vía internet. El que se esté hablando de él y no de ella, el que la noticia la constituya más el acto de usar la webcam que el de matar brutalmente ilustra el mundo en que vivimos. Un mundo donde ya se confunden las sensaciones con los sensacionalismos; donde el entretenimiento se defiende como si fuera un valor, o donde la distracción se coloca a la altura de la comprensión.

Me indigna la muerte de esa joven y me escalofría. Y naturalmente el gesto -me refiero al estrangulamiento- de su asesino. Pero también me indigna y me horroriza el tratamiento que se le está dando al asunto de la webcam; el protagonismo mediático que está adquiriendo no el acto primero, el de asesinar, sino el segundo, el de retransmitir por Internet la infamia. Un protagonismo que invita a la sociedad a entretenerse con el espectáculo (y con su autor de paso), con la novedad, con la "gracia" macabra del caso, que la incita a fijar los ojos en ese número de osos danzantes mientras el crimen se deja sin mirar. Se queda sin mirar de cerca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de abril de 2011