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Editorial:

Desempleo irreductible

La especialización productiva de la economía española sigue lastrando su recuperación

El número de desempleados inscritos en marzo ha vuelto a registrar una significativa elevación, hasta alcanzar 4.333.669 personas. El único elemento que suaviza la adversidad de ese indicador son las 45.660 nuevas afiliaciones a la Seguridad Social, tras ocho meses de descensos. Ese aumento tiene, sin embargo, un marcado carácter estacional, dado el efecto adelanto de Semana Santa. La hostelería, por el buen comportamiento del turismo, es el sector que registra un mayor número de afiliaciones.

A ese discreto comportamiento de las afiliaciones se opone la elocuencia del paro registrado en ese mismo marzo: 34.406 personas más. Un dato que no matiza el carácter inequívocamente adverso del primer trimestre, y que tampoco será el peor de los registros que todavía habrá que observar. La española seguirá siendo durante varios años la economía con el desempleo más elevado de Europa.

Ese dramático liderazgo se explica tanto por las diferencias reguladoras del mercado de trabajo como por las consecuencias del patrón de especialización productiva que ha estado presente en la economía española durante la última década. La construcción residencial y los servicios de escaso valor añadido acapararon buena parte de esa creación de empleo, que alcanzó igualmente cifras récord durante el periodo que concluyó con la crisis en el verano de 2007. Era empleo de baja calidad, no solo por las habilidades de los trabajadores o la muy limitada movilidad funcional, sino por la excesiva temporalidad de su ocupación. Desplomados esos sectores y los estrechamente asociados, las cifras de desempleo se multiplicaron con una celeridad vertiginosa.

Ahora las empresas no contratan, pero no tanto porque existan muchas rigideces (las reformas últimas las han suavizado) o los salarios sean elevados (en realidad siguen cayendo), sino simplemente porque no venden. A las empresas les faltan pedidos. Y en el horizonte a corto plazo lo que atisban es debilidad en esa demanda nacional y continuidad de las restricciones crediticias. Las que tienen proyectos para satisfacer demanda exterior, pero carecen de financiación mínima, se asfixian y, en el mejor de los casos, no contratan a nuevos trabajadores. En el más frecuente siguen despidiendo, tratando de sobrevivir con engañosas ganancias de productividad, que no derivan de ventajas competitivas en conocimiento o en nuevas tecnologías, sino de la reducción de las horas o del número de personas que trabajan.

Ese comportamiento del mercado de trabajo no invalida las reformas laborales que se han hecho o las que todavía están en curso, como la negociación colectiva. Demuestran que, siendo importantes, no eran la panacea. Más urgente es que se normalice el funcionamiento de las entidades bancarias. Que no se pongan más obstáculos a la financiación empresarial, condición absolutamente necesaria para que aprovechen oportunidades de crecimiento, aunque sean fuera de España, y con ellas se creen oportunidades nuevas de empleo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de abril de 2011