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Crítica:

En busca del cofre

En 15 días, magnífico corto del año 2000 dirigido por Rodrigo Cortés, el futuro autor de Buried estableció en forma de chiste, pleno de sutileza y de fraudulenta sorpresa, la mejor definición posible del mito de la memoria de los peces, esa que solo dura tres segundos: "¡Oh, mira, un cofre!"... "¡Oh, mira, un cofre!"... "¡Oh, mira, un cofre!"... Pero la retentiva de corta distancia no parece exclusiva de los pescados. Al menos así lo piensa el chileno Matías Bize, que, en La vida de los peces, nuevo trabajo del realizador de la sorprendente aunque algo sobrevalorada En la cama (2005), teoriza acerca del (auto)engaño al que se ha agarrado buena parte de una generación, la suya, la de unos treintañeros afectados por el síndrome de Peter Pan, enfermedad casi universal, que ya no recuerdan lo que soñaban cuando eran más jóvenes y que se ven abocados a la incapacidad para tomar ciertas decisiones que afecten a su futuro.

LA VIDA DE LOS PECES

Dirección: Matías Bize.

Intérpretes: Santiago Cabrera, Blanca Lewin, Antonia Zegers, Víctor Montero.

Género: drama. Chile, 2010.

Duración: 83 minutos.

Como ya hiciera con En la cama, Bize apuesta por la unidad de espacio y de tiempo: aquí, un puñado de conversaciones en una fiesta de cumpleaños donde el protagonista se reúne con los amigos a los que no ve desde hace años, desarrolladas en distintas habitaciones de la casa, y a lo largo de apenas unas horas, casi en tiempo real. Unas charlas presididas por la irregularidad, desde la inicial, a la que aquí en España casi le harían falta unos subtítulos para entenderla del todo (acentos, dicciones, sonido), hasta el sensacional desenlace, pasando por la de los críos, interrogatorio inverosímil más que diálogo, que acaban englobando múltiples obsesiones: la insatisfacción constante, las orejeras que tapan el peso del pasado, la constante infidelidad afectiva, la huida como estrategia ante la inevitable toma de decisiones, la nostalgia autocompasiva... En definitiva, un relato ambicioso que, aunque con momentos de decaimiento, circula hasta el único desenlace posible, certero e inteligente.

Aunque lo mejor de la película es su puesta en escena, muy armónica con la esencia de la historia, basada en la nula profundidad de campo y el reflejo desenfocado de las luces de la fiesta, evocando así una pecera de la que es imposible escapar y en la que sus criaturas se mueven más por inercia que por convicción. Un excelente detalle, acompañado de una envolvente banda sonora de Diego Fontecilla, que, por desgracia, queda un tanto empañado por la decisión de incluir una pecera real en una de las conversaciones, lo que añade simbolismo redundante a una estupenda fundamentación formal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de abril de 2011