Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El último luminoso en la galería de la calle de Fuencarral

Desde el 24 de enero la joyería Monge es el único comercio abierto del pasaje

Cada día la cruzan cientos de personas, une el barrio de Malasaña con la calle de Fuencarral, y su luminosidad y su imponente arquitectura reflejan el centro comercial suntuoso que fue. La galería de Fuencarral 77 espera un plan que no llega y, mientras tanto, sus locales se van quedando vacíos. Después de que el pasado 24 de enero cerrase la sastrería Roan, la joyería Monge es el único comercio superviviente.

Eugenio Monge lleva 28 años en la galería. Cuando llegó a este edificio de enormes faroles forjados, decorados de mármol y poblado de escalinatas, se enamoró de él. "Fuimos los últimos que abrimos y seremos los últimos en irnos", explica desde su local en la zona central del pasaje. Los demás fueron cerrando, por "distintos motivos". A la tienda de deportes se la llevó por delante un incendio a la peletería Manopiel no le renovaron el alquiler, otros locales se quedaron vacíos cuando sus dueños murieron. "Ahora solo estamos nosotros y todo está oscuro: da pavor", dice Monge.

En 2003 hubo un proyecto de reforma. Tras las elecciones, quedó en el olvido

El edificio, de 1958 y propiedad de la Tesorería General de la Seguridad Social, tiene seis enormes plantas entre la calle de Fuencarral y la Corredera Alta de San Pablo y está protegido por el Ayuntamiento de Madrid por su singularidad arquitectónica. "Si aquí viniera el ministro de Trabajo, fliparía", comenta Monge refiriéndose a las instalaciones desaprovechadas. "Cada planta debe tener unos 1.000 metros cuadrados, hay seis apartamentos en los que no vive nadie, e incluso un anfiteatro para más de 100 personas precioso", explica el joyero sobre las instalaciones, en las que solo hay unas oficinas de la Audiencia Nacional, algunos funcionarios de la Tesorería, el Sindicato de Auxiliares de Enfermería y un pequeño almacén del teatro de la Zarzuela.

La época gloriosa de la galería fue durante los años sesenta y setenta, según cuenta un ex vecino del pasaje, Antonio Langa. Hace años que trasladó su óptica a la esquina de la calle de Fuencarral con Hernán Cortés. Habla de las grandes fiestas del Hogar Canario, que disponía de "una balaustrada impresionante y balcones a la galería". "Allí cantaron El Puma y Los Sabandeños, cuando las entonces llamadas galerías comerciales eran uno de los primeros centros comerciales de Madrid", explica Langa, que traza sobre un papel un perfecto croquis de lo que había en la galería. "Aquí había una cafetería con terrazas, aquí Publicidad Cuevas, que tenía toda una planta del edificio, más allá Credere Star, que daba microcréditos, una tienda de porcelanas, la peluquería Pili, Tejidos Paz...". Langa se acuerda de todo, hasta de algún que otro vecino ilustre de los sesenta como Hedilla Larrea, el fundador de la Falange Renovada.

"Fue un edificio moderno en un barrio castizo de madrileños de camisa y gorrilla", explica Langa, que recuerda la etapa en la que el barrio estaba degradado y había "mucha delincuencia". "Antes no había puertas, había un sereno con un chuzo que se quedaba vigilando por la noche", cuenta el óptico. En el ensanche de la galería había una fuente elíptica de 20 metros de longitud, la luz del día entraba por las cristaleras, todos los locales tenían luz natural y la galería estaba llena de gente. Francisco Donoso, cuyo padre tenía un estanco en la galería, la recuerda desde los seis años. "En su día los comerciantes salimos a la calle por la degradación de la zona, y empezaron a hacernos caso. Desde entonces, el barrio ha cambiado mucho", explica.

"En 2003 hubo un proyecto de Aznar para rehabilitarlo, pero cuando hubo elecciones todo quedó en el olvido", comenta Donoso. Según él, tras aquel anuncio, les ofrecieron una indemnización si vendían. Como no se llegó a rehabilitar, a él nunca le llegó nada.

"Lo que clama al cielo es que a un edificio público no se le esté sacando rendimiento. Cuando yo vine hace 28 años, ya había locales cerrados", dice el joyero. Monge ve pasar todas las semanas a estudiantes de arquitectura que vienen a dibujar la galería, a chavales que vienen a grabar cortos y videoclips, y a personas interesadas en los espacios: "todos los días viene gente preguntando por los locales. ¡Ojalá yo se los pudiera alquilar!". Desde la Tesorería General dicen que en los "presupuestos austeros" de este año no se ha incluido ningún plan para el edificio este año, pero que no se descarta hacerlo próximamente. "Lo que se suele hacer con este tipo de propiedades es compartirlas con otras instituciones o venderlas", explican desde la Tesorería.

Cuando cae la noche, la galería echa el cierre. Tras la verja queda el esplendor de una época próspera y el eco en los locales vacíos. Como un fantasma, el luminoso de la relojería Monge resiste. "El futuro es incierto", concluye el relojero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de febrero de 2011