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Crítica:

Un nuevo esplendor

Si Enredados -enérgica integración de la figura de Rapunzel al imaginario de las princesas Disney- merece pasar a la historia no es solo por ostentar la cifra ilustre de quincuagésima película del corpus canónico del estudio: su toque de distinción está en su capacidad para prolongar y reproducir la estética tradicional de los clásicos Disney a través de la animación digital, sin que el purista acabe por ver, en el cambio de lenguaje, una traición estética.

El logro no es pequeño: hasta el momento, las producciones de animación digital Disney (no confundir, aquí, con la excelencia asociada a esa sucesora dinástica que es la marca Pixar) habían cobrado la forma de tentativas fallidas en busca de una identidad. El cuidadoso diseño de la fauna animada de la precedente Bolt (2008) hacía justicia a una importante parte del legado Disney, pero Enredados logra revivir, directamente, en cegadores colores de síntesis y texturas tridimensionales, el esplendor de ese renacimiento del estudio que arrancó con La sirenita (1989) y llegó a su hipérbole con La Bella y la Bestia (1991).

ENREDADOS

Dirección: Nathan Greno y Byron Howard.

Dobladores: Mandy Moore, Zachari Levi, Ron Perlman, Donna Murphy.

Género: animación. EE UU, 2010.

Duración: 100 minutos.

Para subrayar las intenciones del plan maestro, se rescata a Alan Menken, emblemático compositor de esa etapa, que compone una partitura con, al menos, un tema inolvidable: Mother knows best, la canción de Mamá Gothel, excepcional bruja de turno de la función.

Las excelencias estéticas de Enredados tienen un nombre propio: el director de animación Glen Keane, figura clave en la resurrección disneyana de principios de los noventa. En este equilibrado cóctel de cuento de hadas y comedia de acción hay caracterizaciones de gran eficacia cómica (el caballo Maximus, la patulea de falsos tipos duros de la taberna), espectacularidad y encanto libre de cursilería, pero, sin duda, más allá de su poder de seducción para el interesado en las sutilezas de la animación, el gran logro es su capacidad para convocar, de nuevo, la esquiva alquimia de aquello que Disney llamó su Mágico mundo de colores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de febrero de 2011