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Crítica:

Camada negra

"Sospecho que hará por su generación lo que yo hice por la mía", escribió Hunter S. Thompson a propósito de Twelve, la novela que el neoyorquino Nick McDonell escribió a los diecisiete años. La obra le colocó en posición privilegiada en un mercado editorial ávido de cachorros dispuestos a capturar instantáneas de una sensibilidad emergente. Este crítico solo puede decir con la boca pequeña que, a falta de leer los posteriores trabajos del autor, Twelve le pareció antes un eficaz ejercicio de redacción que un deslumbrante debut literario: un cruce de itinerarios (y derivas) posadolescentes, regidos por el consumo de una droga de diseño, cuyos personajes se definen a través de sus marcas de ropa.

TWELVE

Dirección: Joel Schumacher. Intérpretes: Chace Crawford, Rory Culkin, Philip Ettinger, Esti Ginzburg, Emma Roberts.

Género: drama. EE UU, 2010. Duración: 93 minutos.

En la novela de McDonell, Joel Schumacher parece encontrar el pretexto para hacer su ejercicio caligráfico -o su reducción a ganga de multisalas- a lo Larry Clark o a lo Gus Van Sant. El resultado es muy modesto: el camuflaje último modelo, a través del estilo (o su simulacro) y de un sentido lúbrico del casting -los créditos finales subrayan la vocación de trampolín estelar del proyecto-, de esos cuentos morales sobre los descarríos de la juventud que siempre parecen llevar al fondo una molécula de esa simpar Aborto criminal, de Ignacio F. Iquino. La ingenuidad del cineasta al dar forma a los efectos de las drogas resulta incluso entrañable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de enero de 2011