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OPINIÓN

"Sé quién lo sabe"

De noche, cuando el Athletic de Iñaki Azkuna ponía en su sitio al Barça de Serrat, un poeta muy afamado telefoneó para decir que estaba al lado del socialista que había recibido la ahora famosa confidencia del presidente Zapatero.

Dice Julio Llamazares, también poeta, que cuando alguien llama en medio de la retransmisión de un partido de fútbol seguramente es una mujer o un poeta. Era un poeta. "Yo sé a quién se lo dijo Zapatero".

En este tipo de confidencias, en el que parece haber incurrido el presidente del Gobierno, se produce el efecto cucaña. Va subiendo el nivel de cuchicheo de los que están cerca y termina todo el mundo habiendo escuchado la misma confidencia. "Me lo dijo a mí". "No, me lo dijo a mí". La mañana posterior a ese cuchicheo escuché en RNE a José Blanco no desmintiéndole a Juan Ramón Lucas que fuera el depositario del secreto. Pero la periodista Lucía Yeste le dijo a Toni Garrido, en la misma emisora, que Zapatero nunca dijo, en aquel corrillo copero, lo que ahora dicen que dijo. Pues ni así: la cucaña está engrasada, y el secreto da vueltas.

Hay muchas maneras de guardar un secreto. Aquí se ha contado cómo guardaron los periodistas de EL PAÍS, empezando por su director, el secreto de Wikileaks, que ha sido, en la prensa mundial, el secreto mejor guardado desde los papeles del Pentágono o desde los susurros de la Garganta Profunda que proveyó de información suculenta a los periodistas del Washington Post.

Durante los días previos a ese acontecimiento periodístico sobre el que algunos mezquinos arrojaron hieles de la envidia, esta redacción fue un hervidero de gente y de rumores. De pronto, los que no estábamos en el ajo vimos desfilar hacia lugares hasta entonces ignotos a corresponsales que solo venían aquí por Navidad; se reunían en lugares a los que los demás no teníamos acceso, y trabajaban a destajo, por lo que intuíamos, ya que de vez en cuando Sol Gallego, una de las heroínas de esta información y de sus secretos, salía de esas guaridas en busca de agua con la que calmar los sudores de este esfuerzo cuya naturaleza se nos escapaba.

Un secreto muy bien guardado. Con el argumento de ese secreto le pedí al poeta que me dijera quién era ese al que Zapatero le había contado su propio secreto. "Solo se lo diré al director". No me lo podía decir. Me dio algunos datos, pero todos eran tan genéricos que con ellos podría hacerse tanto el retrato de José Blanco (que es lo que Blanco querría) como el retrato de José Bono (que se volvería loco con tremenda información). Pues lo único que me dijo es que el objeto de la confidencia era un hombre.

No hay nada peor que un político para guardar un secreto. Ahora bien, si es cierto que Zapatero ha cruzado la línea roja de las confidencias lo extraño es que ya no se sepa a quién se lo dijo. Me parece que, como diría Juan Cueto, el presidente se ha marcado una de macguffin: ha lanzado una liebre y todos han corrido a decir que saben qué liebre. No saben nada. Sobre todo porque Zapatero no ha dicho nada.

Esto le dije al poeta. Pero él insistió: "Pues yo estoy con el que lo sabe". ¿Nombre? "No se lo diría ni a quien guardó el secreto de Wikileaks". Eso fue lo que le conté al director del periódico.

jcruz@elpais.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de diciembre de 2010