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Escalada bélica en Corea

No son fuegos de artificio

Al presidente no se le despierta de madrugada si no es por algo grave. Faltan cinco minutos para las cuatro de la mañana del martes cuando suena el teléfono. Llama el consejero de Seguridad de la Casa Blanca para comunicarle que Corea del Norte está bombardeando intensamente una isla surcoreana. Barack Obama está perfectamente habituado y preparado para atender este tipo de llamadas. No es el único. También lo está la secretaria de Estado, Hillary Clinton, que fue precisamente quien utilizó la imagen del teléfono que suena a las tres de la madrugada para poner en duda las capacidades de Obama durante las primarias en las que se enfrentaron por la candidatura presidencial demócrata.

Los cañonazos entre las dos Coreas nos recuerdan que aún es posible una guerra como las de antes

Quien no está preparado es el nuevo mundo multipolar en el que Estados Unidos intenta mantener su prestigio y su autoridad de superpotencia. El precipitado desplazamiento de poder que se está produciendo en el mundo es la ventana por donde asoman todos los oportunismos geopolíticos que dislocan el orden hasta ahora establecido. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se insubordina ante las condiciones que quiere imponerle Washington en la negociación con los palestinos. La superpotencia futura prohíbe a la diplomacia internacional su asistencia a la entrega en Oslo del Premio Nobel de la Paz al disidente Liu Xiaobo: ni la Unión Soviética había llegado tan lejos cuando sus disidentes fueron premiados; solo la Alemania de Hitler se comportó de idéntica forma. Incluso la actuación de Marruecos en el Sáhara, arrodillando a los Gobiernos amigos, especialmente al español, hay que entenderla en la clave de esta mutación.

El llamado reino eremita no podía faltar a la cita. El Querido Líder, Kim Jong-il, sucesor del Gran Líder, Kim Il-sung, ya venía desafiando a Barack Obama desde que este llegó a la Casa Blanca. En abril de 2009 lanzó un misil de largo alcance; un mes más tarde realizó la segunda prueba nuclear subterránea; en marzo de este año hundió un barco surcoreano en una acción bélica encubierta que costó la vida a 46 marinos, y ahora ha bombardeado territorio surcoreano, en la primera acción de guerra abierta desde 1953.

Pyongyang había exhibido previamente sus nuevas instalaciones a un físico nuclear norteamericano, demostrando de una tacada tres cosas: que tiene un programa de enriquecimiento de uranio más avanzado y moderno de lo que se creía; que el régimen de sanciones impuesto por el Consejo de Seguridad no ha servido para interrumpir el suministro y el desarrollo de su programa para obtener el arma atómica, probablemente a través del comercio más o menos clandestino con Irán, Pakistán y, según algunos especialistas, incluso con China; y, como en otras ocasiones, que los servicios secretos occidentales, cuyas debilidades ya quedaron en evidencia con las armas de destrucción masiva inexistentes en Irak, no se han enterado de nada.

Este intercambio de cañonazos nos recuerda, a la vez, que todavía es posible una guerra como las de antes. Los agoreros más depresivos de la ciencia depresiva por excelencia, la economía, nos avisan de que las grandes crisis suelen terminar con grandes conflagraciones: así sucedió con la del 29, diluida en la II Guerra Mundial. El mapa armamentístico y nuclear del mundo habla por sí solo sobre el desplazamiento de los puntos calientes y las zonas donde se acumulan los riesgos. Europa es el continente donde los presupuestos militares disminuyen, el servicio militar obligatorio desaparece, la presión para eliminar los arsenales nucleares es más eficaz e incluso se congela la construcción de centrales civiles, de cuyo combustible siempre cabe derivar material para la bomba. Exactamente lo contrario de lo que ocurre en Asia.

Es imposible saber exactamente qué quiere el régimen de los Kim. Con el ataque artillero puede estar pidiendo el regreso a la mesa de negociación. O que solo sean los tradicionales fuegos artificiales de una sucesión real. La tercera generación ya está preparada: Kim Jong-un, de 27 años, redondo y barbilampiño, general de cuatro estrellas sin hacer la mili y saltándose a sus dos hermanos en el orden sucesorio. Es el General Gordito que, sucediendo al Querido Líder, pone en jaque el orden internacional y obliga a despertar a Barack Obama de madrugada. Así se las gasta el nuevo planeta multipolar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 25 de noviembre de 2010