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Crítica:

Verano del ochenta y tantos

Entre los jóvenes directores del cine español existe un grupo, perfectamente delimitado, que reconoce en la figura de Antonio Mercero a algo así como nuestro Steven Spielberg: el forjador de una mitología generacional y, a la vez, el modelo y estímulo que alienta sus vocaciones. Entre ellos, el actor, director, guionista y escritor Albert Espinosa es, a la vez, el más dotado para el mainstream -en otras palabras, el más capacitado para dirigir y apelar al gran público- y, también, el más heterodoxo. Espinosa asume, quizá a su pesar, la condición de fascinante paradoja: alguien que, mientras sueña en hacer su propio Verano azul (1981-82) o su El indomable Will Hunting (1997), avanza alterando el código de los modelos canónicos que admira. En Héroes, Espinosa ejerce únicamente de coguionista, junto a un Pau Freixas que, en sus labores de dirección, viste el relato con la textura de una producción de la Amblin soñada por un personaje de Verano azul en plena siesta de agosto, pero el conjunto responde a la grandeza -y, también, a las debilidades- de esa paradoja.

HÉROES

Dirección: Pau Freixas.

Intérpretes: Eva Santolaria, Álex Brendemühl, Emma Suárez, Lluís Homar, Ferran Rull, Àlex Monne. Género: comedia. España, 2010.

Duración: 105 minutos.

Héroes enfrenta el presente de un publicista, que parece haber asfixiado a su niño interior, con la evocación del que bien pudo ser el mejor -o el peor; en todo caso, el más inolvidable- verano de su vida. Los referentes están tan a la vista que, a menudo, fuerzan la credibilidad: ahí están la popular serie de Mercero, pero también Los Goonies (1985), La fuerza de la ilusión (1992), Exploradores (1985) y Cuenta conmigo (1986). La estrategia parece olvidar que los veranos españoles de los ochenta estaban bastante lejos de esos veranos de la mitología cinematográfica que inmortaliza la nostalgia. El locus amoenus de la adolescencia perdida que propone la película -una casa en un árbol, una caravana customizada- también se diría más compatible con unas porciones de pastel de ruibarbo marca Enid Blyton que con la bollería industrial que sí consumían los niños de la época.

El trabajo de Freixas y Espinosa se zambulle en el tópico y la cursilería, pero acaba emergiendo en otro lado y el resultado -un sólido producto comercial- proyecta su onda expansiva más allá de su público natural.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 22 de octubre de 2010