Entrevista:RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN | Escritor

"Se nota que hay mucha obra apresurada"

La luz es más antigua que el amor no solo es el título de la nueva novela de Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971). Es también la frase que condensa e hilvana esta historia de tres pintores y un escritor. Una obra que se adentra en ideas como la belleza, la trascendencia y el arte. "El primer impulso me lo dio la pintura de Mark Rothko y la historia de su viaje en tren a través de Estados Unidos cuando era un niño que solo hablaba letón y ruso en un mundo absolutamente ininteligible para él. Lo único que podía impregnar a ese chiquillo era el horizonte y es lo que más tarde iba a pintar una y otra vez a lo largo de su vida", dice el autor.

Tras su Trilogía del mal, Menéndez Salmón se desintoxica con esta pieza de orfebrería literaria que reluce frase a frase mientras engasta con sobriedad y eficacia pensamiento y emociones. "Este libro ha tenido algo de balsámico, de reconciliación con la propia literatura después de terminar tres libros difíciles, sobre todo los dos últimos. El derrumbe, un libro muy oscuro, y El corrector, un libro doloroso por las circunstancias que narra. He sido feliz escribiendo este".

La primera parte, sobre el imaginario artista del quattrocento Adriano de Robertis, parece hermana de la prosa de Pierre Michon. "Soy consciente de la huella de un libro como Señores y sirvientes en esta obra", admite. "Para mí, Michon es un gigante del estilo. Su único riesgo es que es un escritor contaminante. Un poco como Bernhard. No me importa admitirlo, me gusta presumir de mi genealogía cultural. Que se vea de dónde procedo, de dónde provengo. Y me parece un tema decisivo en muchos casos, para acabar también con cierta incompetencia que uno descubre a veces en el mundo de la cultura. Gente realmente inculta, en el sentido más obvio y más directo del término, que es incapaz de reconocerse como parte de un proceso muchísimo más amplio en el cual está inserta".

La luz es más antigua que el amor (Seix Barral) cuenta también la historia del artista ruso Vsévolod Semiasin, que termina devorando sus propios cuadros, y la del escritor Bocanegra, que escribe precisamente esta novela. "No soy un experto en arte. Soy un disfrutador. Con los años he descubierto que la pintura es el arte que más me convoca".

Se nota que su dedicación al texto es muy flaubertiana: la palabra justa, la frase medida. "Es un poco la marca de la casa", afirma. "Y me gustan los escritores que siguen cultivando la pasión por la belleza, por un estilo depurado. Coetzee, por ejemplo: cada página es bella aunque sea desgarradora o terrible. Hay mucha obra apresurada en el mundo que nos rodea y se nota. La obra al final te retrata. Si has trabajado deprisa, cortando y pegando, falseando, haciendo trampas, se ve".

Quizá por su formación filosófica, no teme abordar asuntos que parecen inadecuados en la época actual. "Uno de los temas del libro es la trascendencia. Una de esas palabras que cuando uno pronuncia parece que está tentando para que le den una colleja, pero yo no quiero renunciar a ella. Es hermosa como lo es la palabra belleza. Pienso que la literatura deber seguir aspirando a cierto capital de belleza. Hay que escribir libros bellos, hermosamente escritos. El instrumento del escritor es el lenguaje y el nuestro es un idioma muy rico, bello y plástico que debemos saber utilizar".

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Ricardo Menéndez Salmón, durante la entrevista.
Ricardo Menéndez Salmón, durante la entrevista.LUIS SEVILLANO
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