Columna
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La máquina del oro

En medio de noticias más o menos serias, ha habido dos ocurrencias que resumen nuestro extraño mundo: la instalación en Madrid de una máquina callejera que, en lugar de coca-colas, vende oro en distintos tamaños, y la elección por parte de la ONU de la astrofísica malaya Mazlan Othman como embajadora ante posibles visitantes extraterrestres. ¿A quién se le ocurrió esta genial idea? Encaja de maravilla con los tiempos incomprensibles que vivimos porque lo único que nos faltaría es tener que hacer frente a una avalancha de alienígenas. O quizá sería la solución, algo tan impresionante como conocer seres de otros mundos debería hacernos sentar la cabeza, pensar un poco, ser más considerados y menos arrogantes. Así que el hecho de contemplar tal posibilidad ya es una manera de aceptar que no somos los reyes del mambo del universo. Y que si hay intercesores entre los hombres y Dios con todo un protocolo, rituales, ceremonias y mucho poderío económico y moral, ¿por qué no organizar una modesta representación ante unos seres más probables que los dioses?, sobre todo si como sospecha el mismísimo Stephen Hawking son criaturas difíciles de tratar. Una extraordinaria responsabilidad para la doctora Othman, que no tendrá que cumplir porque lamentablemente este poético nombramiento ha sido desmentido. Un relevante personaje de Naciones Unidas lo ha tachado de absurdo. Como si no existieran nombramientos absurdos a puñados, puestos fantasmales que no sirven para nada, mientras que cargos que nos hagan soñar y pensar más allá de nosotros mismos no hay ninguno.

Aunque ha perdido su carácter divino, el metal dorado para algunos sigue significando suerte

Ni que este planeta se rigiera por la suma racionalidad, y ni que nuestros actos estuviesen regulados por la ciencia. No hace falta hablar de atolondramiento y visceralidad, ya sabemos de qué pie cojeamos. Seguramente a Hawking le preocupa que los aliens sean como nosotros.

Cuando esta hermosa noticia se desvaneció apareció otra, también sorprendente aunque real y más terrenal, y que podría ser registrada por Google Earth: Madrid, hotel Palace, recepción del hotel, máquina dorada.

Frente a la metáfora de nosotros y el espacio exterior, esta otra de nosotros y el espacio interior: la máquina expendedora de oro que se ha instalado en el hotel Palace y que se ha convertido en una atracción. Por 40 euros puedes hacerte con un gramo de oro. Hasta ahora estas máquinas básicamente servían botellas de agua, refrescos, tentempiés envasados, condones y cajetillas de tabaco, en general nada serio, nada perdurable. Estaban asociadas a la calderilla y no a pulseras de brillantes o pendientes de esmeraldas. Pero entonces llega alguien que mira lo de todos los días de otra manera y se le ocurre meter en lugar de tabletas de chocolate lingotes de oro en un momento en que este metal está por las nubes. No sabemos si prosperará, pero de momento la gente se hace fotos junto a la máquina y decide regalarle a su novia o novio una pepita, que no sale despedida a la brava, sino empaquetada y con su recibo correspondiente. Y, además, así el adicto no tiene que esperar a que abran las joyerías, hay mucho enganchado al metal amarillo, desde el que tiene que ahorrar para comprarse unas cuantas cadenas al destinatario de anuncios que ofrecen ordenadores portátiles hechos de oro con diamantes, acompañado de su correspondiente ratón "forjado en oro con 59 brillantes". Por supuesto, el pendrive va haciendo juego en oro con pavés de diamantes. Y no puede faltar el móvil del mismo sesgo. ¿Y si tenemos un móvil así y nos lo olvidamos en un bar? No es extraño que los carteles de la Puerta del Sol de Compro oro cada vez sean más grandes.

Y aunque ahora el oro haya perdido su carácter divino, para algunos sigue significando suerte, y desde luego con él siguen apuntalándose las economías del mundo. La nuestra está en lingotes en el Banco de España. Puede que su magia consista en que se puede comparar con el sol. Ha sido el delirio de los alquimistas, y la humanidad siempre ha corrido tras su brillo. Jasón se embarcó en una aventura increíble para encontrar el vellocino de oro y Zeus se convirtió en lluvia de oro para fecundar a Dánae, que estaba recluida en una habitación. Y en realidad el oro no tiene demasiada utilidad. Toda su grandeza se la damos nosotros al desearlo tanto. Y lo deseamos por ser raro y escaso y porque nos sirve para parecer poderosos.

Como advertencia, siempre tendremos el relato del rey Midas, ese hombre tan ambicioso que le pidió a un dios que todo lo que tocara se convirtiese en oro. El dios le preguntó si estaba seguro de lo que pedía y él contestó que sí. No contaba con que una manzana y un trozo de pan de oro brillan mucho, pero están algo duros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 10 de octubre de 2010.

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