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COLUMNA

Ni siquiera

No soy partidaria de prohibir las corridas de toros. Y no por esas absurdas loas a la libertad con las que se llenan la boca los cantamañanas: la prohibición es un arma de la democracia y, como es natural, hay que prohibir el horror y los abusos, desde el asesinato a la corrupción. Mi rechazo es por estrategia; las corridas son algo tan obviamente anacrónico, tan excesivamente violento para la sensibilidad de la España actual (y no solo por los toros: llevamos dos toreros con la cara taladrada en pocos meses) que su apoyo social estaba desapareciendo rápidamente por sí solo. En 1978, había un 45% de aficionados. En 2008, solo un 28%; y entre los jóvenes, solo un 19%. Pero desde que se ha empezado a hablar de prohibiciones, los taurinos han reaccionado haciendo campañas, metiendo dinero, contaminando el tema con manipulaciones partidistas, como si rechazar los toros fuera una opción política y no lo que en realidad es: una opción cívica y moral, más allá de las siglas de cualquier partido. Toda esta beligerancia publicitaria da sus frutos: en una encuesta de EL PAÍS de hace un mes, los que se declaraban partidarios habían subido al 37%.

De modo que el tema está caliente e imperan el desconcierto y el sectarismo. Y en medio de este caos llegamos una vez más a una de las fechas más abyectas del año: al día en el que se lleva a cabo la repugnante tortura pública del Toro de la Vega. Hoy, en Tordesillas, un pobre animal está siendo acuchillado lenta y sádicamente. Y yo querría pedir a la gente que no se deje confundir por el guirigay reinante: esta barbarie no tiene nada que ver con las corridas de toros. Mi padre, que fue torero profesional, aborrecía estas brutalidades multitudinarias, estos tormentos. Son unos cobardes, decía él. Ni siquiera los verdaderos taurinos aprueban el Toro de la Vega. Acabemos con esto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 14 de septiembre de 2010