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COLUMNA

Volantes y cabras

Esta mañana he amanecido con una duda muy intrigante rondándome la cabeza. Por su culpa, he pasado un día malísimo y me he comido cuatro uñas. De hecho, la incertidumbre no me ha dejado en paz hasta que, bien entrada la tarde, he podido despejarla con la única autoridad competente en la materia: mi profesor de autoescuela. "Perdone, José". Se llama José, como el padre de Cristo. "Tengo una duda importante. Si usted circula por una vía para automóviles suficientemente iluminada, las marcas de sus neumáticos sobresalen 1,6 milímetros y su madre se ha puesto mechas recientemente, ¿deberá ceder el paso a una cabra con chaleco reflectante que cruza por una cañada?" José se ha puesto circunspecto y se ha tomado apenas unos segundos para reflexionar. Hay que ver que sabiduría tan vasta tiene José. "Sí, querida alumna, porque siendo una cañada, es el animal el que tiene prioridad". Ha sonreído con condescendencia y se ha marchado, llevándose su sabiduría con él. Y yo he cerrado los ojos y he grabado a fuego la respuesta, por si me cae en el examen mañana.

Que no digo yo que no sea necesario estudiar ciertas cosas, que bien saben Dios y sus homólogos que las cabras con chaleco reflectante están en todas las esquinas. Pero, ¿lo de las vías para automóviles no es una leyenda urbana? Todos las hemos tenido que estudiar en los test y las autoescuelas, pero lo cierto es que nadie ha conseguido ver una sola en la vida real. ¿Por qué tenemos que estudiarlas, entonces? "Porque siempre caen, queridos alumnos, siempre caen", dice José en clase cuando se le pregunta. Y punto en boca.

Y es que las normas de tráfico que tenemos que memorizar para aprobar el carné poco tienen que ver con lo que hay fuera de las paredes mohínas de las autoescuelas. La sociedad ha ido creando el auténtico idioma del volante, la jerga del volante, al margen de los libros, los tests y las aulas. Por ejemplo, las luces de emergencia no sólo se usan para las emergencias. También avisan de que vas a bajar radicalmente la velocidad, digan lo que digan los libros. Y, por cierto, evitan montones de accidentes.

Por eso, de la misma manera que la Real Academia de la Lengua se esfuerza por traer a los libros las palabras que se van dando por buenas en la calle, los señores de Tráfico deberían tomar nota y hacer lo mismo. Menos tests de ésos que combinan doscientas variables absurdas de todas las maneras posibles, llevándonos a los alumnos a la neurosis, y un poquito más de calle y de vida real.

La verdad, yo creo que un ortodoxo de autoescuela podría ser un peligro en la carretera. Es más, si me dieran a elegir entre montar en coche con Farruquito o con un ortodoxo, me lo pensaría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de septiembre de 2010