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Editorial:

Reinventar Irak

Obama deja a las fuerzas políticas del país el reto de gobernarse sin tutelas extranjeras

El presidente Obama cerró el martes la Operación Libertad Iraquí e inauguró la así llamada Nuevo Amanecer, que sustituye la presencia militar por la formación de las fuerzas iraquíes y la acción diplomática. "No voy a cantar victoria", dijo Obama. Tiene razón: la insurgencia ha mostrado ya su fuerza una vez iniciada la retirada hace unos días y no sería descabellado ver a los 50.000 soldados que se han quedado complicados en nuevos conflictos. Pero el paso esencial que Obama había prometido se ha cumplido: la guerra ha terminado y ha llegado el momento de pasar página. Una guerra con la que fue muy crítico y a la que se opuso. En el momento solemne de la despedida, sin embargo, supo ser elegante y cuando se refirió a George W. Bush habló de su apoyo a los soldados, de su amor a la patria y de su compromiso con la seguridad del país. Esa es la batalla que queda pendiente y Obama aseguró que Estados Unidos terminará desmantelando y derrotando a Al Qaeda.

También el jefe provisional del Gobierno de Irak, Nuri al Maliki, se dirigió a sus compatriotas para decirles que el Ejército y la policía nacionales podían garantizar la seguridad del país. La violencia que campa por doquier no va a arreglarse con el despliegue de unas tropas, por bien pertrechadas y preparadas que estén. El problema más grave de Irak es de legitimidad política, y Maliki no explicó por qué no se ha formado aún el nuevo Gobierno que debía de haber salido de las elecciones del pasado marzo.

Después de siete años de ocupación, el futuro vuelve a manos de los iraquíes, pero el país se encuentra devastado por una guerra que no solo se llevó por delante la dictadura de Sadam Husein sino que acabó también con los cuadros militares y políticos que la sostenían, destrozó los engranajes sociales que mal que bien funcionaban y destapó los conflictos que dividen a chiíes y suníes, amén de avivar la antigua tensión de estos con los kurdos. Por frágiles que sean, son ahora los mecanismos de la democracia los que pueden hacer viable el nuevo Irak; pero, para que funcionen, los partidos deben conquistar su legitimidad más allá de tutelas extranjeras.

La diferencia entre el ganador de las últimas elecciones y el segundo es minúscula: 91 escaños del partido laico del chií Iyad Alaui, al que apoyan amplios sectores suníes, frente a los 89 de las fuerzas chiíes moderadas de Maliki. Unos y otros no han sabido durante más de cinco meses llegar a ningún acuerdo, ni han conseguido alianza alguna con la tercera fuerza más votada (70 escaños), el Consejo Supremo Islámico Iraquí. Este es el partido preferido de Teherán, acaso porque forman parte de él los chiíes más radicales, como Múqtada al Sáder, líder de la corriente sadrista dentro de esa coalición (40 escaños) y jefe del Ejército de Mahdi. "Solo los iraquíes pueden construir la democracia dentro de sus fronteras", ha dicho Obama. Es, pues, la hora de la política y de desterrar la tentación de cualquiera de las milicias de recurrir a las armas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 2 de septiembre de 2010