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estereotipas

La loca de la columna

He pasado mes y medio que no se lo deseo a nadie. La columna me ha tenido fastidiada. Estaba yo tan tranquila pensando en las vacaciones, va mi jefe, me da por atrás con el Audi, y me revienta el verano. Fue sólo un toque, pero me quedé tocada del ala. Y de los nervios. Por fuera estaba tan pichi. Pero cada tres días me entraba el yuyu. Me quedaba catatónica. Sin palabras. En blanco. Lo que se dice muda. Hasta que lograba soltar una parida, me quedaba tan ancha un rato, y vuelta a empezar. Estrés postraumático, dijo el psicólogo. El trauma de la columna, te lo digo yo

Me dijo el fisio que el mar era bueno para lo mío. Y el loquero. Tenían razón. Qué inspiración. Allí estábamos todas. Eso es un observatorio y no el Hubble. Las paridas me salían solas. Nos plantamos en Campello mi marido y yo, cada uno a lo suyo. Yo con mis dolores, y él con sus Lolitas y sus lolas. Eso era el arenal de los pecados capitales. Mariano se moría de gula (y lujuria). Yo, de envidia (y avaricia). De pereza andamos así, así. La ira y la soberbia ya las llevo yo de serie. Al final montamos un campeonato de top-less para pasar el rato. Iba ganando una cubana con unos cornetes magnum que para qué, hasta que la socorrista hizo como que se le caían los tirantes del Speedo y se llevó el título por aclamación. Tenía ventaja: era teutona. Pero esas eran dos pamelas y no las de la Anderson.

Total, que los libros que me mandó el psico ni los abrí. Eran de autoayuda, valga la redundancia. Si no te echas tú una mano, quién te la va a echar. Visto uno, vistos todos. Conócete a ti misma. Conecta con tus emociones. Escucha a tu yo interior. Om. Si yo escucho, pero no oigo. Como esos cocinillas que dicen que eches el aceite que te pida la sartén. A mí la sartén no me pide nada. Es que ni me habla, la tía. Todo lo más, me lanza una ráfaga de aceite hirviendo si intento freír un huevo. Así estoy, a fiambre. Mariano dice que de lo que se come se cría. Porque a pava no me gana nadie. Ni a sosa, qué salado. Ese no lleva la dichosa columna a cuestas.

Volvimos anoche. La asistenta nos había dejado un recuerdo de su pueblo en la cocina. Entramos a oscuras y se nos aparece de sopetón un Drácula hiperrealista a tamaño natural en plástico fluorescente. La chica es de Transilvania y allí el chupasangres ese es sagrado. Pues mira, mano de santo. Ni psicólogos, ni autoayuda, ni dieta blanda. Sería la impresión, pero El Empalador, además del hipo, me quitó de cuajo el palo de la columna. Esta es la última parida. No hay mal que cien años dure. Ni cuerpos que lo resistan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 30 de agosto de 2010