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COLUMNA

Entre Gamones

A Sergio Gamón, jefe de los servicios de recontraespionaje de la Comunidad de Madrid, puede salirle muy caro haberse llevado el trabajo a casa para compartirlo con su cónyuge y descargar en el remanso hogareño sus graves responsabilidades en materia de seguridad. Hoy en pleno proceso de divorcio las declaraciones de su ex esposa amenazan con desbaratar sus coartadas y le dan al caso, la famosa Operación Mortadelo, un aire de vodevil que hará las delicias de los seguidores de esta comedia de despropósitos, representada en las calles de Madrid y a las puertas, traseras, del ente comunitario por una patulea de agentes, ex agentes, viceagentes, topos y topillos que se movían en círculos como carroñeros, armados, a falta de gadgets más sofisticados, con teléfonos móviles cuyas abultadas cuentas financiamos todos con fondos públicos.

El espía Gamón cometió el error de desestimar la ira de una mujer despechada y humillada

Gamón velaba por nuestra seguridad persiguiendo al sospechoso Prada, sospechoso de deslealtad a la presidenta, posible topo de Gallardón y confidente de Mariano. Todo quedaba en casa, la casa común del PP madrileño, era una cuestión de asuntos internos, no se espiaba al enemigo, ni a los socialistas, ni a los comunistas, ni a los sindicalistas, ellos mismos, con sus propios mecanismos, se vigilaban y se contravigilaban para salvaguardar las espaldas de la reina, para protegerla de la traición y la sedición que anidaban como venenosos ofidios en los círculos más selectos de la insidiosa corte.

Los informes de los gamones, los gamoncillos y los gamoncetes iban a parar al número dos del Gobierno, Ignacio González, inamovible paladín y jefe de la guardia pretoriana de la jefa. "Le podéis explicar a la jefa que este trabajo no lo hago si no es con los hombres de mi confianza". Estas palabras se las dijo el Gamón al consejero Granados cuando le subcon-trató para hacer el trabajito en cuestión y luego se las repitió a su mujer en la intimidad para que ella viera con qué clase de individuo compartía el domicilio conyugal. "Con Granados tengo carta blanca", se jactaba el superagente ante su fiel y discreta compañera, acostumbrada a guardar secretos por su oficio de secretaria para todos dentro del PP madrileño, incluyendo en el todos a Esperanza Aguirre cuando presidió el Senado.

Luego resultó que los hombres de confianza seleccionados por Gamón no eran muy de fiar y Sergio llegaba a casa estresado y enfurruñado y Yolanda le oía despotricar contra sus semovientes: "¿Dónde estáis? ¡Joder!, ¿ya lo habéis vuelto a perder?" y quejarse de su incompetencia ante su colaborador más estrecho, el oscuro Castaño: "Estos lo han vuelto a perder". Desde que le defenestraron como director general de Seguridad de la Comunidad por haberle robado chapuceramente un ordenador al renegado Prada, Sergio Gamón había pasado a la clandestinidad, pero no hay clandestinidad que prospere en el seno del hogar donde las confidencias son inevitables y terapéuticas. Falto de medios y de colaboradores cualificados Gamón no dudaba en solicitar puntualmente el apoyo logístico de su mujer que en una ocasión, cuando Prada aún era su jefe en la Consejería de Interior, le proporcionó una cámara oculta para un trabajillo extra. Llevado tal vez por un exceso de celo, Sergio Gamón interrogaba en la intimidad a Yolanda sobre qué se cocía en su entorno laboral, le pedía los números de teléfono privados de sus jefes y la invitaba a que saliese a cenar con algunas compañeras para sonsacar información sobre si existía en los círculos del PP madrileño "alguna animadversión hacia Aguirre".

Y pasó lo que tenía que pasar, se rompió la célula conyugal y Gamón, muy en su papel de Gamón, amenazó a su ex esposa con modales de matón de segunda fila en una mala película de gánsteres: "Atrévete a contarlo y verás lo qué te pasa", pero sus bravatas consiguieron el efecto contrario, el espía desestimó la irreprimible ira de una mujer despechada y humillada, un error que, la historia nos enseña y la tragedia nos recuerda, ha causado la pérdida de imperios, de tronos y de escaños. Yolanda se lo contó todo, primero a este periódico, para más inri, y ahora a los jueces que se lo pasarán en grande desenredando este maldito embrollo. Entre las gamonadas que Sergio refirió a su esposa, figura la de haberle montado el guateque a Ruiz-Gallardón. Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señora.

Aunque la palabra gamonada aún no viene en los diccionarios, si aparecen los términos, gamonal: en América Central y Meridional, cacique de pueblo y gamonalismo: caciquismo. El gamón es una planta herbácea de raíces tuberosas y flores blancas o amarillas, cuyos capullos deben ser venenosos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 23 de junio de 2010