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OPINIÓN | LA COLUMNA

El determinismo de los mercados

El fatalismo con el que el presidente Zapatero ha asumido el giro copernicano de su política favorece la sensación de que vivimos en un momento marxista: cualquiera que estuviera en el lugar del presidente haría la misma política. Como escribe Sheri Berman: "Contra el determinismo marxista y el laissez-faire liberal, la socialdemocracia desarrollaba una política ideológica basada en la idea de que la gente, trabajando juntos, podía hacer del mundo un sitio mejor". Esta idea, que dio a Europa sus mejores momentos, suponía la primacía de la política sobre la economía, entendiendo que a través de la democracia representativa el interés general podía prevalecer sobre el interés privado. Es exactamente lo contrario de lo que estamos viviendo estos días. La crisis ha reforzado el discurso determinista de los mercados. No hay alternativa. El problema no es que los dirigentes sean más o menos lerdos, sino que no tienen posibilidad de elección: la economía manda. Si la ideología es el sistema de velos que atempera nuestra relación con la realidad, un juego de creencias para dar sentido a lo que, en crudo, podría ser insoportable, esta es la ideología que gobierna una sociedad que se dice desideologizada y, sin embargo, es más ideológica que nunca.

Como ocurría con el marxismo, la ideología dominante busca la autoridad de la ciencia para ahogar las discrepancias. Los economistas instalados en la doctrina mayoritaria (cien y algunos más entre nosotros) son los ideólogos del momento: su pretensión es que hay una ciencia de la economía que conoce las leyes de esta y marca las vías únicas por las que se debe encauzar la acción política: puro determinismo. Como el viejo materialismo histórico, solo que donde decía ley de la historia, dice ley de los mercados. Cuántas veces hemos oído desde que empezó la crisis que está muy claro lo que hay que hacer, sólo se necesita voluntad política para hacerlo. De nada sirven, por lo visto, los fracasos en la predicción de la crisis, ni los desastres provocados por unos comportamientos sobre los que nunca avisaron. En la doctrina dominante, la economía, como la naturaleza, sigue su curso. Los ciudadanos solo tenemos que adaptarnos. Los intelectuales orgánicos insisten: España se hunde.

De pronto, toda Europa se ha puesto a obedecer las consignas de la ortodoxia. Con un frenesí extraordinario, quienes frenaban la toma de decisiones hace cuatro días están ahora recortando sus gastos sin reparar en las consecuencias. Los organismos internacionales, FMI, Banco Mundial, aplauden. Nadie les ha elegido, pero son los que, para algunos, merecen respeto porque son independientes de la política, que no de la ideología, por supuesto. Y los países se van comprimiendo. Paul Krugman, uno de los raros discrepantes de la corriente principal, se permite ironizar sobre "el masoquismo" de unos europeos empeñados en castigarse con planes de austeridad sin fin. Los mercados (y los economistas que ponen la doctrina) piden más: reforma laboral, reforma de pensiones. Los mercados quieren sangre. No se dan por satisfechos hasta oír algún crujido.

El socialdemócrata Zapatero se ha puesto al frente de la procesión, porque, como todo el mundo le dice, no podía hacer otra cosa. Llevamos ya casi un mes desde su glorioso giro copernicano y todavía no ha dado una sola explicación a la ciudadanía. Todavía no ha dicho hacia dónde pretende llevar al país con estas medidas. Probablemente porque no lo sabe: actúa al dictado. Pero si la cosa se tuerce definitivamente no serán los que ahora le están marcando el camino los que le van a echar una mano.

Hace ya tiempo que se impuso la ideología de los libros de autoayuda: "la búsqueda del interés propio es sinónimo de salud emocional". Solo que este principio se aplica a la economía privada, pero se niega a los países. Cuando la economía prevalece sobre la política, la socialdemocracia es la primera víctima. Pero no la última: ¿es compatible el determinismo de los mercados con la autonomía y la libertad que caracterizan a la democracia?

Los gobernantes se juegan mucho más que sus puestos. Hay un desafío abierto de los mercados -del poder financiero- contra la política, para consolidar la sumisión de los gobiernos. Y si se pierde esta batalla, adiós Europa, adiós democracia. Pero nuestros gobernantes viven en su nube, disciplinadamente atentos a las señales de los mercados. No se aprecia indicio alguno de que estén dispuestos a dar una batalla en la que Europa se juega su supervivencia como modelo de referencia. Por eso Zapatero no se atreve explicarse. No sabe cómo decirlo. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de junio de 2010