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Reportaje:

En verano, 40 minutos de rutina

El repaso escolar diario en vacaciones contribuye a no perder el hábito de estudio - Los adultos pueden desconectar, los niños no deben

Que un adulto sometido a un estricto régimen de sombrilla, siesta y opíparas comidas sea incapaz de desconectar del trabajo en su mes de vacaciones es una mala noticia. En cambio, que un niño borre de su mente la rutina escolar -máxime, si no ha afianzado sus habilidades de escritura y lectura o no progresa adecuadamente en cursos posteriores- lo es también. Los profesores recomiendan que en sus casi tres meses de descanso dediquen un rato al repaso. El material escolar ofertado hoy resulta apetecible, poco recuerda al tedioso y gris al que se enfrentaron sus padres.

"Son unos cuadernos que se parecen más a los cuentos literarios y al mundo de las revistas que al ámbito académico", sostiene Mayte Ortiz, gerente editorial de SM. "Hay que integrar un factor lúdico, no se trata de crearles un agobio. Que no identifiquen los cuadernos con el curso", añade Elena Hidalgo, editora en Anaya.

"No sirve de nada si los padres no revisan la tarea", recuerda una docente

La mejor hora para los deberes es tras el desayuno, cuando están descansados

"El repaso es una disculpa para que no pierdan el hábito del trabajo, su rutina. Se trata el ámbito curricular desde otra perspectiva. Por eso no se hacen sumas, sino pasatiempos, hay CD-ROM con audios de cuentos... Nosotros recomendamos dedicarle a las tareas de 30 a 40 minutos diarios, de lunes a viernes, como en el calendario escolar", explica Ortiz. La franja de edad de estas tareas incluye incluso a los pequeños de tres años que, evidentemente, aprenden a partir de juegos. La mejor hora es después del desayuno, cuando el niño está descansando intelectualmente y cuenta con todo el día por delante.

Pero, ojo, siempre hay espacio para la flexibilidad. "Contemplamos un colchón de 15 días para que los niños se diviertan con sus padres sin hacer nada. Incluso hay talleres que se pueden hacer en familia. Por ejemplo, construir un collage o hacer un pisapapeles de cerámica", prosigue Ortiz.

Las célebres Vacaciones Santillana se remontan a los años setenta. Surgieron, cuentan, "con la idea de los profesores de entregar al niño ejercicios de comprensión lectora y ortografía para repasar en verano, y lo unimos en un único cuaderno", dice Begoña Vaquero, de Santillana. En los noventa, sumaron la serie Enigmas, con actividades para pasar un rato divertido, convencidos de que en las vacaciones había tiempo para la reflexión. Y en la era de Internet y televisión, el esfuerzo se ha centrado en "reforzar lo aprendido durante el curso".

"Los primeros 20 o 30 días de curso los pasas repasando lo del año anterior. Pierden la fluidez al escribir y leer que tenían en junio. Por eso se nota mucho la diferencia entre los que en verano han seguido leyendo y escribiendo y los que no", razona Germán Caballero, maestro de primaria en Valladolid. "En estas edades tempranas ponerles cuentas o a escribir en una libreta vale lo mismo que el cuadernillo si los padres se implican", precisa. "Muchas familias que son muy exigentes nos reclaman deberes. Y si algún niño va retrasado en algo, somos los profesores los que sugerimos que trabajen. Pero no hay que olvidar que el verano es para descansar".

"En el departamento echamos un vistazo a los diferentes cuadernillos, elegimos uno y les mandamos una cartita recomendándolo a los padres", cuenta el proceso Noelia Rubio, profesora de inglés en un centro madrileño. "El problema es que los padres compran los libros y se desentienden. Entonces no sirve de nada. Hay que estar encima del niño, revisar que lo ha hecho y corregirlo. Exige un esfuerzo extra que los mayores no están dispuestos casi nunca a hacer", lamenta.

Es una oportunidad para saber qué estudian los hijos y qué nivel tienen, pero el repaso de septiembre está casi asegurado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de junio de 2010