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COLUMNA

Un hilo rojo en la Casa Blanca

La geometría política internacional es el territorio más reluctante a los cambios. Cambian los Gobiernos, incluso los regímenes, pero las relaciones exteriores siguen transcurriendo a lo largo de los años y a veces incluso de los siglos por caminos similares. EE UU no es una excepción. De un lado, está el debate político y la retórica de los discursos; pero del otro, están las continuidades, sobre todo, en política exterior. Entre Bush padre y Clinton, entre Clinton y Bush hijo y entre Bush y Obama hay muchas diferencias, algunas de calibre moral y político suficiente como para descalificar a unos y salvar a otros, pero hay un hilo rojo inconfundible que les une a todos ellos.

La doctrina Obama cita el déficit público como una de las debilidades defensivas

Si hay un documento donde se pueden observar en detalle las continuidades y discontinuidades entre los diferentes presidentes respecto al papel de EE UU en el mundo este es el que lleva como título Estrategia Nacional de Seguridad, elaborado por la Casa Blanca cada cuatro años para analizar el mundo en el que vivimos y designar los principales peligros y amenazas que pesan sobre la superpotencia. Esta pasada semana Obama presentó por primera vez el suyo, en el que ha pasado a limpio las ideas que ya le habíamos escuchado durante la campaña y luego, ya como presidente, en sus numerosos discursos sobre política exterior. No hay, pues, novedad alguna; aunque sí la posibilidad de percibir con mayor claridad los énfasis y también la textura de este hilo rojo que recorre todas las presidencias.

La nueva estrategia nos dibuja una superpotencia que ha perdido arrogancia, escarmentada por las bravuconerías de la anterior etapa, que se dispone a adaptarse a un mundo multipolar. EE UU no es un poder solitario, capaz de modelar el mundo a su gusto y de actuar con independencia de lo que piensen sus aliados. Con Bush, EE UU establecía la condición necesaria y suficiente para cualquier decisión: "Si y solo si", en lenguaje de la lógica formal. Bastaba que Washington decidiera algo para que la decisión se tomara; y si se quería tomar una decisión había que conseguir necesariamente la voluntad de Washington. Con Obama, ya no es así: EE UU es la superpotencia necesaria pero ya no es la superpotencia suficiente.

Consecuencia de este cambio, ha abandonado la anterior doctrina de la guerra preventiva, que le permitía actuar unilateralmente y sin atender a la legalidad internacional cuando consideraba que su seguridad podía estar en riesgo, aunque no existieran pruebas sobre la inminencia de una agresión. Pero Obama se ha reservado la posibilidad, se supone que excepcional, de una acción unilateral si los intereses norteamericanos lo exigen. Y ha mostrado su objetivo engarzado en el hilo rojo: como no podía ser de otra forma, quiere mantener la superioridad militar en el mundo y la capacidad de disuasión nuclear, que no considera incompatible con la desaparición a a largo plazo de este tipo de armas.

Obama tiene una idea compleja, pragmática y equilibrada, basada en una voluntad inicial de atender al Estado de derecho y a la legalidad internacional, respecto a los grandes dilemas con que se enfrentan los Gobiernos entre la seguridad y la libertad de sus propios ciudadanos o entre la defensa exterior de los intereses y la imposición de los propios valores. Bush lo resolvió por una vía tan sencilla como catastrófica, que consiste en imponer un sistema de dobles raseros: entre el territorio nacional, donde tienen vigencia los derechos y libertades, y la escena internacional, donde se aplica la ley del más fuerte, que es la de los militares y agentes norteamericanos (con el limbo suplementario de cárceles ilegales como Guantánamo); y entre los países amigos y aliados, con los que se practica la indulgencia democrática, y los enemigos, a los que se les exige los mayores estándares liberales e incluso se procura su derrocamiento.

Nadie habla ya de la guerra global contra el terror y del eje del mal de Bush, y esta es quizás la novedad más vistosa. El terrorismo no es un enemigo global sino una táctica del enemigo que puede surgir en el interior del país. Se le designa por su nombre: Al Qaeda y sus filiales; pero la mayor amenaza son las armas de destrucción masiva y, en concreto, las nucleares en manos de países que incumplen sus obligaciones internacionales, de los que el documento designa a dos: Corea del Norte e Irán. Para combatir estos peligros, no basta con las armas: la diplomacia, la innovación, las nuevas energías y una economía sana son también parte de la seguridad. Lo más interesante es la vinculación entre déficit público y seguridad que establece la doctrina Obama: ahí no hay hilo rojo. La guerra de Irak, además de injusta y desacertada, ha sido un pozo negro para el presupuesto, un trillón de dólares según Stiglitz, y por tanto uno de los motores de la crisis. Si EE UU quiere mantener su hegemonía e influencia, debe regresar a la senda de la prosperidad y la responsabilidad fiscal, un consejo que sirve para todos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de junio de 2010