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Crítica:Feria de San Isidro | 16º festejo

Horrorosa cornada en la boca a Aparicio

La gravedad de la cornada no se percibió en la plaza en el momento de la cogida. Fueron los gestos de dolor del torero, que corrió hacia el burladero en busca de ayuda, los que delataron que lo que pareció, en principio, un golpe en la cara, era, en realidad, algo más serio. Momentos después, cuando aún se desconocía el alcance de la herida, la espeluznante foto publicada por la web de este periódico corrió como la pólvora por los tendidos, y también noticias tranquilizadoras desde la enfermería.

Todo ocurrió visto y no visto. En realidad, fue un suceso inesperado a tenor de la condición del toro, Opíparo de nombre, de 530 kilos de peso, de pelo jabonero, precioso de lámina, noble donde los haya, con un pitón izquierdo de lujo si le hubieran acompañado las fuerzas. Aparicio dibujó de salida dos verónicas espléndidas rematadas con una media henchida de aroma. El animal evidenció su invalidez en el caballo, donde no lo picaron; acudió alegre en el tercio de banderillas, y llegó a la muleta con la fortaleza muy justa. El diestro inició en los medios su labor con una primera tanda de derechazos desmayados, y continuó por esa mano con otra de menor peso. Tomó la izquierda, y, en el primer envite, tropezó con los cuartos traseros del toro, lo que le hizo perder la verticalidad. Una vez en el suelo, en lugar de huir de la cara del toro, el torero intentó levantarse haciéndose el quite con la muleta. Fue en ese momento cuando el toro se encontró con la cara de Aparicio, con tan mala fortuna que le clavó el pitón por la barbilla y se lo sacó por la cavidad bucal. Ese instante que aparece en las fotos no se percibió en el ruedo, porque, afortunadamente, el toro soltó rápidamente a su presa. Menos mal.

DOMECQ / APARICIO, MORANTE, EL CID

Toros de Juan Pedro Domecq, -cuarto y quinto, devueltos-, bien presentados, inválidos y muy nobles. Sobreros, de Gavira; el segundo, devuelto y sustituido por otro de Camacho, descastado.

Julio Aparicio: cogido por su primer toro.

Morante de la Puebla: media ladeada y perpendicular (silencio); media (silencio); dos pinchazos y casi entera perpendicular.

El Cid: dos pinchazos y media (ovación); casi entera caída (ovación); estocada (oreja).

Plaza de Las Ventas. Viernes, 21 de mayo. Decimosexta corrida de la feria de San Isidro. Lleno.

El torero puede contarlo, que es la gran noticia del día. Y quedó claro, también, que el peligro está siempre presente en una plaza, aunque el toro tenga, como Opíparo, olor de santidad.

No fue el único momento congoja. Minutos después, cuando El Cid muleteaba con la mano zurda a otro bonachón, resultó enganchado y zarandeado hasta el punto que pareció que el pitón había calado en el muslo derecho a la altura de la ingle. No fue así, y la taleguilla rota sólo necesitó un arreglo de costura urgente.

Las vueltas que puede dar una corrida de toros... Quizá en esa incógnita radique su misterio emocionante. Quién podía imaginar que un festejo tan amable sobre el papel estuviera a punto de acabar en tragedia. Pero así de grande -el juego de la vida y la muerte- es esta fiesta.

Angustiados por la imagen de ese pitón saliendo por la boca de Julio Aparicio, pero con el ánimo tranquilo, continuó un festejo protagonizado por los toros inválidos de Juan Pedro Domecq, lo cual, lamentablemente, ha dejado de ser noticia. Este ganadero ha encontrado, es verdad, la dulzura el grado sumo, en la misma medida que ha perdido la fuerza y la codicia. Se devolvieron dos, pero pudieron ser más. Todos, eso sí, bondadosos, cariñosos, cordiales y afectuosos. Pero eso es un sucedáneo del toro bravo.

Al final, triunfó Manuel Jesús El Cid con el mejor de la tarde, el sexto, pero, antes, hubo toreo a la verónica de alta escuela, magnífico regalo de la terna, en tiempos de tanta sequía capoteadora.

Se lució, dicho queda, Aparicio; después, Morante recibió a su primero con una suavísimas verónicas, preñadas de empaque, y, de nuevo, volvió a enloquecer a la plaza con el segundo sobrero que hizo quinto, al que le obligó a embestir en unos apasionados capotazos que supieron a gloria bendita. Y también El Cid protagonizó un quite de dos verónicas extraordinarias en su primero, y volvió a lucirse a la salida del sexto.

El resto del festejo sólo tuvo la historia de Manuel Jesús con el último, que embistió con largura y fijeza, y al que entendió por el lado derecho con muletazos hondos y emotivos, en una labor presidida por el temple y la ligazón. Faltó la codicia del toro por el lado izquierdo, para que el triunfo hubiera sido grande.

De todos modos, el gran triunfador fue ayer Julio Aparicio; y, con él, triunfamos todos, porque la fiesta se alegra de su buena suerte.

La corrida de hoy

- Toros de la viuda de Flores Tassara.

- Diego Ventura. Es la gran sensación del toreo a caballo.

- Álvaro Montes. El experimentado caballero jienense destaca por su doma y constancia.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de mayo de 2010

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