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COLUMNA

Amor Atlético

Mi padre era del Racing y del Aleti. Si aún anduviera por aquí, se habría comido las uñas el pasado miércoles. Como un servidor, empujando a ese club que todo lo merece. Recuerdo la emoción que nos produjo juntos la rosca de Luis Aragonés ante el Bayern de Múnich, ese gol agónico que no sirvió para nada en la final de la Copa de Europa de 1974. O para mucho, según se mire. Porque aquella frustración, aquel revés, prendió en mí, y en tantos otros, un amor eterno y rojiblanco.

Desde entonces fue creciendo. Mis buenos amigos se empeñaron en no hacer decaer mi cariño hacia el club. Uno es propenso a mirar con empatía la cultura del fracaso. Lo del Aleti, no es tanto. Al contrario. Sólo padecen el mal de mirarse en el espejo del vecino. Pero, ¿quién quiere tropecientas ligas o nueve trofeos en Europa si el triunfo se convierte en una pesada costumbre que sencillamente se colecciona y no se disfruta?

El equipo sabe que de tanto en tanto llegará y que en medio hay paradas en el infierno

Sus títulos ha ganado la hinchada del Calderón y hay veces que me entran ganas de echarles en cara esa manía de el pupas. Más cuando uno es racinguista, perteneciente a uno de los pocos equipos de primera -crucemos hoy los dedos ante el Sporting- que no han olido un título en su vida. Eso sí que da moral y carácter. Pero el sentimiento atlético no tiene apenas que ver con una cultura del triunfo ni del fracaso. Han conocido ambos. Ni siquiera lo suyo es épica. Es mucho más. Es una poética. Un estilo, una forma de ver el mundo y la vida diferentes a todo.

Se nota sobre todo en el campo. El Calderón no está sujeto a la lógica. Reacciona por espasmos. Responde a los impulsos de una montaña rusa. Lo mismo da que jueguen con el Liverpool que contra el Almería. Persiguen un ideal detrás de la pelota. Exigen un respeto al arte, enaltecen el coraje, no soportan la falta de sustancia, son intolerantes con quien da la espalda a lo que consideran compromiso. Rugen a favor y en contra del equipo cuando entran en ese estado de desesperación que sólo puede curar un gol. Pero si llega, hacen evaporarse el rencor. No la guardan. Perdonan todo. Aunque previamente hayan sido implacables con un error propio. Esa es la autenticidad atlética. Pedir lo imposible. No siempre lo logran. Pero cuando los jugadores lo dan, estallan en un éxtasis que no se produce en ningún otro campo.

Por eso el Aleti es tantas cosas contradictorias que dan respuesta a un código único. Es paradoja y romanticismo. Amor y odio; mucha alegría y menos padecimiento. Es nervio en la cara, marea y remontada. Voluntad, pasión y exigencia. El alético pide el cielo. Sabe que de tanto en tanto llegará y que en medio hay paradas en el infierno. Pero se bajan todos en ellas. ¿Qué club en el mundo aumenta sus socios cuando baja a segunda? El Aleti. ¿Qué afición viaja por tierra mar y aire para ser testigo de una incierta suerte en su final? Los aléticos.

Un grupo que hace parecer tierna hasta a Esperanza Aguirre y ha sobrevivido a Gil tiene mucho mérito. El Aleti es eso. Un niño la mar de simpático a quien te apetece achuchar. La tableta de Forlán y los pelos de punta del Kun y De Gea. La fortaleza de Ujfalusi y la regeneración resurrecta de Reyes. La elegancia milagrosa de Quique Sánchez Flores, la garganta de Sabina y una canción para cada jugador.

No es representación ni institución, tampoco encarna nacionalismos ni sentimientos -patrióticos, sólo maneras de ver, sentir y vivir, que diría el amigo Joaquín-. Así es como nos conmueve. También en la calle. Un club que pese a convivir con la galaxia global madridista integra a gentes que son capaces de pintar la calle de rayas rojiblancas como lo hicieron el jueves resulta grande. Es la minoría masiva que nos conmueve con la entrañable rima asonante de la poesía colchonera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de mayo de 2010