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AL CIERRE

Arquímedes y la Diagonal

Todo cuerpo sumergido en un líquido experimenta un empuje hacia arriba igual al peso del volumen del líquido desalojado. Arquímedes tenía razón, incluso aplicando su principio a las relaciones entre peatones y automóviles. Hace ya un siglo que los coches se adueñaron de nuestras ciudades y conforme aumentaba su peso -y su volumen- los aborígenes fuimos progresivamente desalojados. En el momento excelso de la modernidad, cuando la fe en el progreso y las máquinas no tenía límites, arrancamos todos los árboles y redujimos las aceras al tamaño de un zócalo. Nos acostumbramos a andar de puntillas por entre artefactos cada vez más grandes.

Ahora ya sabemos que el progreso era un arma de doble filo, y le evito al lector todas las monsergas sobre el desastroso estado en el que hemos dejado al planeta. Sin embargo, los coches siguen ocupando nuestro espacio vital pese a que nadie discute el placer que produce pasear por las pocas calles peatonales que se han conseguido habilitar, ni los beneficios que esto ha traído a los barrios.

No sé cuál será la mejor solución para la reforma de la Diagonal, pero sí sé que, sea cual sea, no debe tener como prioridad la fluidez del tráfico rodado. Los coches particulares deben abandonar los cascos urbanos de las ciudades. Tampoco estoy muy seguro de que se deba someter a votación. Me imagino lo que votarán esas señoras menudas que cada mañana y cada tarde conducen camiones de diseño para llevar y traer a sus hijos del colegio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de mayo de 2010