Reportaje:

La ciudad que anda hacia el infierno

El tráfico de drogas y la pobreza ensombrecen el futuro de la periferia de París - Los habitantes de Tremblay-en-France piden al Estado ayuda, y no sólo policía

He aquí una ciudad que avanza hacia el infierno. Se llama Tremblay-en-France, cuenta unos 35.000 habitantes, se encuentra a unos 25 kilómetros al norte de París, cerca del aeropuerto Charles de Gaulle. Pertenece al departamento de Seine-Saint-Denis, el que alberga las localidades más peligrosas, olvidadas y aisladas de toda la periferia parisiense, donde prendió la revuelta sin jefes ni órdenes ni planes que en 2005 acabó con miles de coches quemados y un Gobierno pillado en falso. Pero Tremblay-en-France, hasta ahora, se consideraba territorio aparte, salvado, controlado. Ya no. O ya no tanto.

De hecho, Nicolas Sarkozy visitó hace poco esta ciudad para recordar -con un punto de estrategia electoral detrás- que desde el Gobierno "se perseguirá a los delincuentes sin piedad". Tras prometer más policías consiguió algo: que los autobuses públicos volvieran a circular. Llevaban días sin hacerlo. Sus conductores se negaban a trabajar porque eran apedreados sistemáticamente en ruta por jóvenes encapuchados salidos de no se sabía dónde.

"Perseguiré a los delincuentes sin piedad", dijo Sarkozy en Tremblay
El alcalde exige "resultados" frente a las "operaciones de imagen"
"Hay guerra contra los autobuses tras unas detenciones", explica un joven
El 47% de los jóvenes de 14 a 24 años de la 'banlieue' carece de trabajo

El centro de Tremblay-en-France se compone de un conjunto de altos bloques de pisos. Se denomina Grand Ensemble. Viven 8.000 personas. Por lo general, esos edificios, copados de viviendas sociales habitadas casi exclusivamente por inmigrantes sin recursos, se encuentran en las afueras. En Trembley no. A un paso de este barrio se ubica el Ayuntamiento. Muy cerca, dos centros municipales dedicados a la juventud. Hay canchas de baloncesto cuidadas, respetadas. Las calles están limpias. Pero más allá, en el portal de uno de esos edificios, un chico de 19 años, en chándal, con capucha, se sienta en una silla de oficina con ruedas en la puerta de entrada. Otros dos vigilan en silencio. Son traficantes de droga a pequeña escala.

Soló Barro, de 49 años, con vaqueros, gorra blanca, trabaja de mediador. Es de los pocos que se puede acercar a ellos sin temer nada y con la certeza de que le van a hablar. Se saludan al modo de la periferia: entrechocan las palmas de la mano derecha y luego se dan un pequeño puñetazo.

-¿Por qué apedrean autobuses?

-Porque la policía llegó escondida en un camión del Ayuntamiento y detuvo a unos cuantos. A partir de ahí, guerra a los autobuses.

El del chándal no tiene trabajo, dice que va a estudiar un curso de panadería sin ninguna convicción. Llega otro joven en moto. Se baja, saluda a Barro (palmetazo y puñetazo). Luego le dice:

-No digas nada a nadie o te partimos la cabeza.

No se sabe si bromea o no. Barro sonríe, aparentemente tranquilo. Hace un año, más o menos, comenzó el desembarco de traficantes. Instalados en los portales, con la droga oculta en los sótanos de los edificios, ayudados por ojeadores atentos a la policía, el barrio del Grand Ensemble se convirtió en un destino conocido de pequeños camellos y consumidores. Poco a poco, el tráfico, la venta y la custodia de hachís se enseñoreó de la zona, convertida ya en campo de batalla entre bandas rivales o de imposiciones mafiosas. En una reunión organizada por el Ayuntamiento en enero, algunos vecinos le dijeron al alcalde, François Asensi, del Partido Comunista Francés, que en su barrio había niños que vagaban por la calle a la una de la madrugada, que los traficantes lanzaban verduras al paso de algunos residentes, que iban a terminar por mudarse de allí. La amenaza de huida los vecinos de toda la vida significaba el primer paso hacia el aislamiento, hacia el gueto, hacia una Tremblay-en-France desconectada del resto del país, excluida, como otras poblaciones vecinas de la periferia parisiense.

El 29 de marzo, un reportaje de la cadena de televisión TF1, titulado Mi vecino es un traficante, mostraba a varios de esos jóvenes vendiendo droga en esos edificios. Pocas horas antes de la emisión del reportaje, un grupo de policías descubrió en un armario, en un registro efectuado en el piso de un traficante, dos pistolas, un kilo y medio de cocaína en bolsitas, casi un kilo de resina de hachís y un millón de euros en billetes de 20 y 50.

Algunos medios franceses consideran plausible que la policía acelerara la operación a raíz del reportaje, conocido por algunos mandos días antes de su emisión. De cualquier forma, la repercusión del programa y del golpe policial colocó a la localidad en el punto de vista mediático.

Dos días después del registro, un autobús fue incendiado en medio de la calle. Posteriormente empezaron las agresiones a los conductores en ruta, incluso escoltados de coches patrulla. Nadie sabe exactamente por qué: algunos lo achacan a la venganza de los traficantes ante el acoso policial; otros, como el chico del chándal, a una venganza contra el Ayuntamiento por colaborar con los agentes; otros, por simple "chulería", y otros, a una forma de protesta contra cualquier cosa con olor institucional, aunque sea el autobús de su barrio. El caso es que los conductores, el 15 de abril, decidieron plantarse por miedo. La ciudad se aislaba aún más.

Barro, el mediador de la gorra blanca, explica: "La vida aquí no es fácil. Hay familias que viven de lo que consigue uno de estos chavales con el hachís. Y tampoco todos los jóvenes de aquí son traficantes. Pero si vas a cualquier sitio y dices que vives en este departamento ya no te cogen. Y si eres negro o con pinta de árabe, menos. Antes estaba el aeropuerto: pero ya no".

El 35% de la población de este barrio tiene menos de 20 años. Y el 40% de ellos carece de diploma alguno. Las condiciones de vida de los habitantes de las zonas degradadas de las ciudades han empeorado desde 2005. Lo asegura el último informe anual del Observatorio Nacional de Zonas Sensibles, que calcula que el 47% de los jóvenes de 14 a 24 años que habitan estos barrios marginados carece de trabajo.

El alcalde Asensi, reelegido sucesivamente desde hace 20 años, lucha para que su ciudad no se hunda. No sólo a través de mediadores, educadores y centros municipales que funcionan bien. Ahora ha pasado a la ofensiva: hace días denunció a la cadena TF1 por el reportaje, asegurando que la emisión sólo ofrecía la parte oscura de Tremblay, que dañaba su imagen estigmatizándola, desde el punto de vista social y económico. Hizo pública una dura carta abierta al presidente de la República en la que recordó a Sarkozy "las dificultades en las que prospera la delincuencia", y le recordó "que las ayudas solicitadas al Estado han sido rechazadas". Terminaba así: "Los valores de la República se deben ejercer en todos los sitios. Más allá de simples operaciones de comunicación, esperamos resultados visibles".

También con la intención de sujetar como sea el declive del lugar en el que vive, el mediador Barro, con su gorra blanca, va de edificio en edificio, de portal en portal, intentando acercarse a los peores del barrio armado de su sonrisa de colega y su saludo de palmetazo-puñetazo: "No tienen trabajo, no tienen estudios, las casas son pequeñas, inconfortables, a las seis está todo cerrado, no hay ningún sitio donde ir: al final acaban en el portal y allí...".

Policías delante de un autobús público quemado hace un mes por un grupo de encapuchados en Tremblay-en-France.
Policías delante de un autobús público quemado hace un mes por un grupo de encapuchados en Tremblay-en-France.AFP

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 02 de mayo de 2010.

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