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Entrevista:Jose Manuel Caballero Bonald | ENTREVISTA

"El franquismo nos sobrevuela"

H ay en José Manuel Caballero Bonald una serenidad casi anglosajona. Pero en cualquier momento parece que esa cara que te mira como si contuviera los ojos de un antepasado pudiera estallar. Es curioso pensar eso de él, en este momento en que le está haciendo fotos Sofía Moro, cambiando los muebles de sitio en su casa de siempre (de hace casi medio siglo, como su matrimonio con Pepa Ramis, "raro que se dure tanto, ¿eh?") y enfocándolo como para que salga en el retrato esa mirada de marinero o de caminante. Porque en este momento este hombre, que según él fue colérico por causa del alcohol, vive uno de los momentos más apacibles de su vida. Pero así estaba, apacible, también en el año 2003; dijo incluso que ya estaba hecho todo, que no iba a escribir ni una línea más… Estaba apacible entonces, lo dijo, pero ocurrió la guerra de Irak, en la que entró España, y se rompió su silencio con un libro de versos, Manual de infractores (Seix Barral), que fue como una piedra en la crisma de los gobernantes de entonces, con Aznar al frente. Así que ahora está apacible, pero… Lo que le molesta, sobre todo, es la edad; ya es el más veterano de los vivos de su generación. Y a esta edad le molestan el frío y el invierno, así que, como todavía no había llegado la primavera cuando se hizo esta entrevista, ahí le ves apacible pero rabioso porque le duele todo, y además no se puede ir a su espacio dorado, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), porque allí hay humedad y los huesos rugen de estupor en contacto con el tiempo malo.

"Tengo 83 años; eso me desazona, pero también me produce cierto orgullo"

"¿En qué cabeza cabe que la ultraderecha pueda demandar a garzón?"

"¿A santo de qué iba a convivir en la Academia con personas sin crédito?"

Él nació en Jerez, en 1926; el Sur (las marismas, Doñana, el mar) ha sido su geografía poética y narrativa; Colombia fue un destino muy nutritivo para su experiencia, y también vivió en Mallorca, como secretario de redacción de Papeles de Son Armadans, la celebrada revista de Cela. Madrid ha sido el espacio del que más argumento sacó para sus memorias, Tiempo de guerras perdidas y La costumbre de vivir, dos volúmenes que son también un autorretrato muy vivo de la posguerra española, hasta que empezó la Transición. Esos dos volúmenes acaban de ser juntados en uno, que él ha revisado y titulado conjuntamente: La novela de la memoria (Seix Barral). Ya no va a escribir más memorias, repite. Pero esos dos volúmenes son oro puro, le han convertido en un memorialista literario sin cuya escritura no podría entenderse la peripecia de las letras y de la vida española de los años en los que él fue sucesivamente joven y maduro.

Así que no sabremos, por su memoria, lo que pasó por su vida cuando la Academia le negó el plácet reiteradamente, dejando fuera a uno de los escritores mejor dotados para el uso de la lengua. Sentado ya, conversando, apetece preguntarle cómo está por dentro.

¿Cómo es su estado de ánimo? Apacible. Estoy tranquilo, algo que incluso puede no ser aconsejable. Creo que la actividad compulsiva a veces tiene sus compensaciones, eso de entrar en una vía de pensamientos invasores que de pronto desembocan en un poema… Ahora estoy en una situación apacible, he vuelto a mis viejos hábitos de lector. Oigo música y leo, releo sobre todo.

Eso de estar apacible es un regalo… Bueno, cuando digo que tengo el ánimo apacible es antes de leer los periódicos. Porque cuando me entero de todos los desmanes, desvaríos, injusticias que se cometen por ahí a cada paso, me siento abrumado, afecta a una especie de hipersensibilidad que tengo muy a flor de piel, que me conmueve y me amarga la vida. De modo que en vez de tranquilo, también puedo estar indignado, o sea, cabreado.

En 2003, la guerra de Irak le sublevó tanto que se puso a escribir dando mandobles… No exactamente en contra de esa guerra, sino a partir de las consecuencias de esa guerra absolutamente indigna, falsaria, ilegal… Aquello me provocó una sensación de agredido, una necesidad de autodefensa; tenía que defenderme de esos acosos, de esas infamias que ocurrían por el mundo y usé de la poesía como de un contraveneno, algo así… O sea, que fue la mentira de esa guerra la que me hizo escribir un tipo de poesía condicionada a la sinrazón de la historia.

Fue después de haber dicho que ya no iba a escribir más. Que no quería escribir poesía lo diría en algún bache depresivo. Lo que sí dije es que no iba a escribir el tercer tomo de mis memorias. Además, yo siempre he sido un escritor discontinuo, intermitente, y no de "tiempo completo", que es una expresión altamente metafísica… Dejaba de escribir y no me pasaba nada. Escribo cuando tengo ganas, cuando me apetece decir algo y también cuando me acompaña la salud. La buena salud es la mejor compañía para escribir.

Eso decía Onetti, que escribía como si se encontrara una amante. Onetti, un maestro, seguramente el mejor escritor que he leído en lengua española de los últimos cincuenta años. Parecía impensable que ese hombre acostado, con cara triste, bebiendo sin parar, leyendo novelas policiacas, oyendo tangos o boleros, con una vida tan cerrada, tan modesta por otra parte, escribiera tantas páginas memorables.

¿Le habría gustado ser 'un acostado' como Onetti? He tenido tentaciones de elegir la cama como lugar más recomendable para pasar la vida. En mi familia conocí a cinco Bonald acostados que sólo se levantaron con los pies por delante, como suele decirse. No llegué nunca a tanto ni tuve la decisión firme de hacerlo, pero tuve tentaciones de acostarme a perpetuidad.

¿Qué les llevó a ellos a acostarse? Decían que no se querían levantar porque no se encontraban con suficiente ánimo para andar por ahí de peatones. En muchos casos provocaron la bancarrota de alguna rama de la familia, ya que lo abandonaron todo, el negocio bodeguero o el químico-farmacéutico, y se instalaron en la cama. Sólo se levantaban por las razones más disparatadas… La tía Carola era más disciplinada, se levantaba para los estrenos… Ese fue el arranque de mis memorias.

¿Ha habido algún periodo de su vida en el que se ha dicho '¿por qué no me meto en la cama'? Sólo me quedé en la cama por depresión. En algún momento de mi ya larga vida estuve muy abatido. Un estado depresivo no grave, no maniaco-depresivo, que es asunto muy serio. Me dejé orientar por un psiquiatra catalán, Mariano de la Cruz. Aunque estuve medicándome con antidepresivos, creo que me curé por mi propia voluntad. Fue entonces cuando me quedé en la cama algún tiempo. No tenía ganas de hacer nada, lo mandé todo al carajo.

¿Qué pasó para que llegara a esa depresión? Tuve una época mala, bebía más de la cuenta. Tenía mal vino y unas resacas terroríficas. Lo que bebía entonces era vodka o ginebra, el whisky todavía no circulaba. El caso fue que estuve dos o tres días bastante metido en el recinto sagrado del alcohol, porque la ebriedad es un espacio sagrado. Una mañana me desperté sin querer hacer absolutamente nada, no me podía levantar, estaba completamente abatido, sin ningún estímulo externo que me obligara a hacer algo. Debí de quedarme en la cama como un par de semanas.

¿Cómo decidió luchar contra eso en un ambiente en el que se bebía mucho? Me dije: si me quedo en la cama un día más, me voy a quedar para siempre, tengo que hacer algo. Poco a poco fui saliendo del bache por propia iniciativa y con una decisión firme de no volver a las andadas. Estuve una temporada sin beber, pero el hecho de andar por ahí sin beber me deprimía muchísimo, de modo que empecé a beber otra vez con más moderación. Desde entonces sólo bebo vino, nada de licores.

A su generación, la gente la identifica con el alcohol. El alcohol era una especie de contestación, de estrategia para soliviantar a biempensantes, contra los convencionalismos, las obediencias… Nos oponíamos a todo ese ambiente insufrible con la insolencia del bebedor. Éramos además, como se ha dicho, partidarios de la felicidad. Vivíamos en un mundo hostil, mezquino, e intentábamos divertirnos, aparte de los sobresaltos de la lucha política clandestina. La bebida era una forma de lucha, una especie de merecimiento. De algo de todo eso habla Barral en un prólogo espléndido que le puso a La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth. Lo que ocurre es que algunos no supieron salir a tiempo del bache y entraron en esa especie de proceso de autodestrucción que ha afectado a muchos de los poetas de mi edad, los del grupo del 50, como nos llaman en los manuales. En fin…

También fue una generación de la amistad. Sí. Éramos amigos, unos más que otros. Yo me consideraba muy amigo, sobre todo, de Ángel González, de Carlos Barral, de Pepe Valente. De Claudio Rodríguez o de Gil de Biedma menos, no nos veíamos con tanta frecuencia. La amistad tenía unos niveles distintos, aunque teníamos muchas cosas en común. Nos unía la procedencia familiar y universitaria, éramos nocturnos, leíamos los mismos libros, teníamos más o menos la misma estatura… Literariamente hablando, cada uno iba por su lado. Sobre todo nos unió la lucha clandestina, la actitud moral frente al franquismo. Las reuniones empezaban siendo políticas y terminaban siendo etílicas, pero nos juntábamos con gusto, lo pasábamos bien juntos, conspirando, viajando por ahí…

Ahora es usted de los últimos. Digamos que soy un superviviente, lo que no es ni meritorio ni halagüeño. Como dijo Ángel, "el futuro se adelgaza". Yo también pienso que el futuro se acorta, pero el pasado se hace cada vez más largo, los recuerdos son cada vez más desordenados, más complejos. Miras hacia atrás y te mareas… Cuando recapacitas y te dices: tengo 83 años, no es posible; eso me desazona, pero también me produce cierto orgullo. Creo haber llegado a la senectud con una estabilidad bastante grata.

Cuando llega a Madrid, narra ese color oscuro del franquismo, de la delación. ¿Cómo podría reproducir esa atmósfera ahora? Aquellos primeros años de los cincuenta se me aparecen como sumidos en cierta tristeza ambiental, con el color de la melancolía. Me obsesionaba lo que podía ocurrirme o podía ocurrir a mi alrededor. No eran buenos tiempos aquellos.

Narra algún episodio en el que los franquistas, dueños de todo, le despiertan una enorme repugnancia. Sí, además no andaba entonces muy allá económicamente. Conseguí un empleo en la Bienal Hispanoamericana de Arte y me pasaba todas las mañanas en un cuarto interior, con la luz encendida todo el tiempo. Era un trabajo anodino, que podía ser suprimido sin que se notara. Allí me pasé dos años, en aquel Madrid humana y culturalmente inhóspito. Pero tampoco tardé mucho en tener mis expansiones político-literarias, me relacioné con gentes afines. Estuve luego algún tiempo en el colegio mayor Guadalupe, donde intimé con poetas que luego serían relevantes en sus respectivos países hispanoamericanos: Eduardo Cote, Jorge Gaitán, Julio Ramón Ribeiro, Carlos Martínez Rivas, Ernesto Cardenal, Mejía Sánchez… También estaban los españoles Lledó, Juan y José Agustín Goytisolo, Valente, José María Valverde… Fue, desde luego, una rara casualidad histórica esa convivencia de un grupo de poetas y escritores muy significados. De hecho, mi biografía literaria arranca de ahí.

¿Cómo abordó la política? Porque fue un militante. Bueno, sí, aunque no tuve carné de ningún partido. El despertar político me llegó a través de Ridruejo. Aunque en principio lo traté poco, empecé a frecuentarlo cuando fundó el Partido Social de Acción Democrática, del que estuvieron cerca Vidal Beneyto, Benet, los hermanos Moreno Galván, Fernando Baeza, Roberto Mesa… Yo tenía un piso, al parecer, libre de vigilancias policiacas, y allí nos reuníamos los domingos. Dionisio era el que llevaba la voz cantante… Ocurrieron cosas incluso divertidas. Te cuento. Yo estaba pagando unos libros a plazos y el que cobraba los recibos era un gris (un guardia) que se ayudaba cobrando esos recibos los domingos. Uno de esos días llamaron a la puerta cuando estábamos reunidos y todos se quedaron en suspenso. Abrí y era el guardia con su recibo, de modo que fui a buscar el dinero, y entonces el guardia se asomó a la sala donde los demás permanecían expectantes. Todos se quedaron de piedra, y Baeza, que no sabía qué hacer, se levantó y se entregó… Supongo que el guardia se iría con la mosca detrás de la oreja.

¿Cree que este país se da cuenta ahora de la verdadera dimensión que tuvo el franquismo? Qué va. Todo eso viene arrastrado desde la Transición. Alguien ha dicho que la Transición fue un pacto entre el secretario general del Partido Comunista y el secretario general del Movimiento, o sea, entre Carrillo y Suárez. Unos acordaron no pedir cuentas ni juzgar los crímenes de la dictadura y otros decidieron prolongar un cierto franquismo disfrazado de democracia. Los seis años que van de la muerte de Franco al golpe de 1981 fueron terribles. Creo que fueron los peores años desde la Guerra Civil: la violencia, el descontento en los cuarteles, la ultraderecha dispuesta a no dejarse arrebatar ni uno de sus privilegios, el asesinato de los abogados laboralistas de Atocha, el acoso a Adolfo Suárez, la presión de la Iglesia, los asesinatos y secuestros de ETA… Creo que de ahí, de esa transición engañosa, improvisada, procede un franquismo latente que se ha mantenido hasta hoy mismo, a la vista está…

¿Cree que la reacción ante la memoria histórica es consecuencia de que el franquismo no se acabó? No, no se acabó. El franquismo está sobrevolando todavía en nuestra historia de hoy. Un indicio clarísimo es la maniobra contra el juez Garzón. ¿En qué cabeza cabe que la ultraderecha o el cabecilla de la trama Gürtel puedan demandar, presentar una querella contra el juez? Parece inconcebible, con independencia de lo que cada uno piense sobre Garzón. Todo esto es una consecuencia más de ese franquismo que la Transición mantuvo vivo.

¿Identificaría a Aznar, Rajoy, con la secuela del franquismo? Bueno, yo no llegaría a tanto… Pero hay gentes que no soporto. Por ejemplo, Aznar, Rouco Varela, Aguirre, Mayor Oreja, son personas que me producen un rechazo automático, detesto sus maneras. Y, claro, hay gente más tratable, no me permitiría ni mucho menos tildar de franquistas a otros miembros del PP. No soy tan arbitrario. También hay algún que otro impresentable en partidos de izquierda. El libro de la política está plagado de erratas. Y hay muchas cuñas franquistas incrustadas en la derecha, esa que está ejerciendo por ahí tanta crispación insultante. Realmente es una actitud muy desagradable.

¿No ocurrirá que también la sociedad se siente cómoda quizá en esta situación de oscuridad? Creo que la gente se está volviendo cada vez más acomodaticia. Hay en cierto modo un silencio cómplice en gentes que no quieren exponerse a nada. Y eso también se nota en ciertos sectores acomodaticios de la cultura. Una sensación de frivolidad, de neutralidad, de derechización, la idea de que el compromiso está pasado de moda, que eso tenía sentido en la época de la dictadura y que ahora ya no hace falta ningún tipo de intervención crítica. Eso es muy alarmante.

Ha juntado en un volumen sus dos libros de memorias. ¿Qué es lo que tacharía con rojo? No sé, quién sabe… Tampoco me privo de alguna mala conciencia, algún traspié, cosas de las que me pude arrepentir pero que están ahí contadas como si yo fuese un testigo y no un protagonista. En estas memorias procuré relatarlo todo tal como lo viví sin importarme que hubiera gente que se incomodara o se enfadara. Hay dos personas que me retiraron el saludo por lo que digo de ellas. Y ocurre que yo me critico a mí mismo en estas memorias. ¿Por qué no voy a contar entonces lo que pienso de los demás? Así que en estas memorias he procurado narrar las cosas tal como las viví, sin ningún tipo de tapujos, recovecos o pistas falsas.

Incluso bajó al infierno en Colombia. En la facultad donde yo enseñaba literatura había un geógrafo que me preguntó un día si me interesaba conocer al anticristo. Me llevó a un tugurio terrible, maloliente, con unas putas viejas asomando por unos nichos, una cantina inmunda al sur de la ciudad de Bogotá. Recorrimos un pasadizo y llegamos a un patio en el que había un bulto cubierto por una arpillera. El geógrafo le dio unas monedas a una vieja para que descubriera el bulto y era una especie de Polifemo, una criatura de cabeza enorme, con ese solo ojo ocupando media cara. Horrendo. Nunca he visto en mi vida nada más espantoso. Y ese era el anticristo, según mi colega de la facultad. Enseguida me di cuenta de que ya no podría ser el mismo que antes de verlo, aquel monstruo me dejó una huella que conservo después de tantos años…

¿No se arrepintió nunca de haberlo visto? Sí, puede ser. En todo caso me pareció una lección que no estaba mal haber recibido, aunque fuera infernal. Creo que ahí tuve una sensación de irrealidad, de alucinación que se me ha repetido con alguna frecuencia y que conté también en las memorias. Por ejemplo, cuando fui a París por primera vez a pasar un semestre. En la estación de Saint Nazaire le pregunté a un mozo de cuerda que si sabía de algún hotel económico por allí cerca. Me dijo que allí al lado, en la Rue Amsterdam, había un hotel con ese nombre, un hotel bastante modesto. Pregunté si había habitación y una señora me dijo que sí, que dejara la maleta y luego fuera a inscribirme. Me condujo a la habitación y al cabo del rato me llamó la señora: "Monsieur Cabalego Bonald, au téléphone". ¿Cómo era posible? Si nadie sabía que estaba allí, si no le había dado el teléfono a nadie, ni me había inscrito todavía, ¿cómo sabían mi nombre? Me fui hasta el aparato telefónico, oí unas voces entrecruzadas, pero no alcancé a entender nada. Volví a la habitación y me quedé anonadado porque realmente ese episodio no tenía explicación de ninguna clase. Son cosas que no se te olvidan nunca.

¿Para qué le ha servido escribir? En primer lugar, para justificarme a mí mismo. Escribir me ha recompensado de todo mi pasado, incluso de mi presente. Como decía Cesare Pavese, "la literatura es una forma de defensa contra las ofensas de la vida". Se escribe en contra de algo o a favor de algo. Y hoy abundan por ahí los motivos para escribir en contra de ciertas ofensas, de ciertas degradaciones. La literatura también es en este sentido una autodefensa, una forma de defensa personal.

¿Contra qué escribe? Digamos que mis últimos libros de poesía van contra los sumisos, los obedientes, los gregarios, los hipócritas… Y además suelo pensar en que alguien va a leerme y va a sentirse inculpado. Y eso me parece bien.

En sus memorias figura su experiencia como secretario de Camilo José Cela en 'Papeles de Son Armadans'. ¿Cómo fue y cómo vivió el desarrollo de Cela hasta alcanzar el Premio Nobel? Trabajé en Papeles de Son Armadans desde el año 1956 hasta 1959, que es cuando me fui a Colombia. Veía a Cela con bastante frecuencia. Era una persona de trato difícil, imprevisible, que podía pasar de ser muy cortés un día, algo que heredó de su madre, una señora encantadora y refinada, a ser muy grosero, desapacible, incluso soez, otro día. Pero sorteé el temporal porque me interesaba mucho el trabajo en Papeles. Creo que la revista tuvo un papel importante en el desarrollo literario de aquellos años difíciles, canalizando en sus páginas la literatura catalana y gallega, y sobre todo la del exilio. Lo hice con mucho empeño, y él, Cela, secundó de muy buen grado esa estrategia.

Ese conflicto sentimental que se produjo y que surgió de nuevo al ganar el Nobel, ¿cómo le afectó? De una forma bastante desagradable… Ese conflicto, como tú dices, se aireó de la peor manera posible a través de un periodista que consiguió con muy malas artes que Charo Conde, la mujer de Cela, hiciera algunas declaraciones respecto a mi relación con ella, que se publicaron en la revista Interviú. Todo eso lo cuento, tuve que contarlo, en mis memorias.

Entre los episodios que le han dejado marcado existe otro, el de la Academia. ¿Qué efecto tuvo en usted como ser humano? Aparte de que fue un caso de mala suerte, me sorprendió bastante. Me hacía cierta ilusión ser académico, pero luego me fui olvidando del asunto y hoy no quiero ni oír hablar de la Academia. Perdí la ilusión, no me interesa para nada. Además, ¿a santo de qué iba a convivir en la Academia con personas que no me merecen ningún crédito ni literario ni humano? He desistido, y punto.

Un total de 923 páginas de memoria. Cuando las ha revisado, ¿cómo se ha quedado? Cansado y satisfecho. Satisfecho de un trabajo que considero bien hecho. Sueles decir que yo digo que no estoy capacitado para escribir mal, y con esta revisión he vuelto a darme cuenta de eso. No es ninguna petulancia ni arrogancia, es una táctica de escritor. Cuando sospecho que no me sale bien lo que quiero escribir, lo dejo, no me esfuerzo. Y este libro está bien escrito, tiene algunas descripciones brillantes, he suprimido ciertos fragmentos confusos para dejarlo todo más diáfano. Me interesaba que precisamente este libro fuera diáfano. Así como mi poesía a veces puede tener cierto gusto por el hermetismo, esta prosa narrativa no podía tenerlo. Cuento cosas divertidas, cosas significativas y cosas disparatadas.

Escritores de un tiempo (no tan) pasado

José Manuel Caballero Bonald

nació en Jerez en 1926 y pertenece, literariamente hablando, al llamado grupo poético del 50, aquellos que eran niños durante la Guerra Civil y luego jóvenes veinteañeros atenazados por el franquismo. Con algunos de sus miembros aparece retratado. Sentados, de izquierda a derecha, Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y Caballero Bonald. En la fila de arriba, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González y José Ángel Valente.

El Sur (Andalucía, su origen), Madrid (el centro geográfico, su residencia), Mallorca (el retiro, la isla) y Colombia (la lejanía, otro país) han sido territorios nutritivos para su experiencia vital y argumentos habituales en sus obras.

Sus memorias, publicadas en dos volúmenes, Tiempo de guerras perdidas y La costumbre de vivir, aparecen ahora reunidos en uno por Seix Barral: La novela de la memoria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de abril de 2010

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