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Reportaje:

Un país de arponeros

El historiador Felipe Valdés recupera la crónica de siete siglos de los balleneros

A Lugrís le encantaba incluir ballenas en sus innumerables y fantásticos paisajes marinos. Pero al margen del mundo surrealista del genial pintor, escasas son las trazas que permanecen, y menos en la memoria colectiva, de una de las industrias en las que Galicia llegó a ser potencia mundial en distintas épocas, incluso muy recientes. Durante siete siglos fue país de balleneros, y de los que hacen historia. Pero del otrora lucrativo oficio tradicional, que se extinguió hace 25 años sin pena ni gloria como uno de los peajes que pagó España al entrar en la Unión Europea, apenas resisten vestigios en ruinas de factorías balleneras abandonadas en Caneliñas, de Cee (A Coruña), Punta Balea, de Cangas (Pontevedra) y Morás (Lugo).

La UE prohibió la caza en 1985, cuando IBSA estaba en pleno auge

Aunque sí queda sepultado en archivos mucho testimonio escrito, documentos que se remontan hasta 1288, como la carta del rey Sancho IV ordenando al abad del Monasterio de Sobrado dos Monxes que no perdone el pago de un impuesto, "el diezmo de la ballenación", al puerto de Prioiro (norte de A Coruña). Es el punto de partida del exhaustivo estudio sobre Los balleneros en Galicia (siglos XIII al XX) que el joven historiador Felipe Valdés Hansen acaba de publicar, editado por la Fundación Barrié. El ahora doctor en Historia tenía 10 años y le fascinaban las historias de ballenas que le contaban en A Costa da Morte cuando en 1985 el último ballenero gallego (y español) fue obligado a plegar velas, allí, en Caneliñas.

Aquel barco de IBSA (Industria Ballenera, SA, liquidada en 1994) es hoy un museo flotante en Noruega donde, a diferencia de en Galicia, "sí se preocuparon de salvarlo del desguace para recuperar, rehabilitar y difundir" la singular y rica historia de una industria de vital importancia económica y social para el litoral atlántico del norte de España. "Aquí pecamos de no valorar y olvidar un oficio tradicional durante siglos", lamenta el historiador, que anhela que, a semejanza de otros lugares del mundo, se recupere el patrimonio industrial de las viejas factorías balleneras de A Costa da Morte o de O Morrazo que aún resisten, a duras penas, el paso del tiempo.

La caza y la comercialización de cetáceos para su uso en fabricación de productos importantes, desde el aceite que alimentaba el alumbrado anterior a la electricidad hasta las barbas requeridas para prendas de vestir de lujo en Cataluña, "tuvo una notable incidencia en el desarrollo urbano costero de toda Galicia". No sólo "le dio proyección exterior y renombre mundial, sino que también contribuyó al crecimiento económico y poblacional de toda su franja atlántica", explica Valdés. Incluso hay puertos gallegos que nacieron de la actividad ballenera como el de Burela (Lugo) o el de Suevos-Punta Langosteira, donde ahora se construye el puerto exterior de A Coruña. "En los siglos XVI y, sobre todo, XVII, Galicia fue el caladero de ballenas más importante de la península", destaca Valdés, y tras "un parón" en el siglo XIX al extinguirse el único mamífero marino que se cazaba entonces, la ballena franca, "volvió a ser el más importante". Alimentación, cosmética y textil pasaron a engrosar la lista de producciones ávidas de rorcuales o cachalotes cazados con arpón por gallegos. Hasta que se prohibió, en 1985, "en pleno auge económico de IBSA", entonces bajo el control de la familia Massó, y eclosión de las exportaciones balleneras gallegas a Japón.

A diferencia de lo que ocurrió con otras pesquerías, golpeadas por las crisis y víctimas de restricciones por sobreexplotación, la muerte de la industria ballenera no fue "por la desaparición" de los cetáceos en el Finisterre peninsular, subraya Felipe Valdés, "sino que fue impuesta por una decisión política". Como el sector naval, los balleneros gallegos (únicas factorías que permanecían abiertas en España) "pagaron" la entrada en la UE cuando, bajo la presión ecologista, se prohibió toda captura. La reconversión a la pesquería alternativa del pez espada fue un fracaso total.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 31 de marzo de 2010