Crítica:
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

La fe como absurdo

Están Jesús, la Virgen y el Espíritu Santo subidos en una nube, decidiendo adónde van de viaje y dice uno de ellos: "¿Por qué no vamos a Belén?". "No, que ya hemos estado muchas veces", contesta Jesús. "Bueno, pues a Jerusalén", replica el Espíritu. "No, que ya lo tenemos muy visto", dice Jesús. "¿Y a Lourdes?". Y entonces dice la Virgen: "¡Estupendo, que ahí no he estado nunca!". Este chiste (malo), contado en una secuencia de la película en presencia de un cura (que sonríe), viene a ejemplificar adonde quiere llegar una obra tan interesante como Lourdes, tercer largo de la austriaca Jessica Hausner: a retratar la crueldad intrínseca de este supuesto paraíso del milagro, al que millones de peregrinos acuden en busca de una aguja en un pajar.

LOURDES

Dirección: Jessica Hausner. Intérpretes: Sylvie Testud, Léa Seydoux, Bruno Todeschini, Elina Löwensohn, Gilette Barbier.

Género: drama. Austria, 2009. Duración: 99 minutos.

Perturbadora en su análisis del comportamiento humano, más egoísta y envidioso que caritativo y esperanzador, y gélida en el dibujo del periplo de una joven, enferma de esclerosis múltiple, que viaja hasta el santuario con la esperanza de un cambio para su vida, la película está tan lejos de los melodramas sentimentales que han rondado el lugar, del tipo La canción de Bernadette (Henry King, 1943), como de la mística humanista de obras señeras del milagro como La palabra (Carl T. Dreyer, 1955). La visión de Hausner, filmada a través de largos planos fijos que dan al filme una estética un tanto feísta, parece la de una agnóstica que se acerca al fenómeno por un interés, más que en la fe en sí, en lo que rodea a esa fe. Sin necesidad de subrayar el negocio que rodea a lugares como Lourdes, por la película desfilan la industria del turismo, la del souvenir y hasta el impagable premio al mejor peregrino del año. Y, siendo un filme en general respetuoso con la fe cristiana, no falta el sentido del humor que desprenden situaciones como la de una monja ofreciendo "la posibilidad de ir a las piscinas o al confesonario", o el anuncio de un organizador de que al día siguiente harán una excursión a la montaña, "a la que sólo podrán acudir los menos impedidos".

La burocracia del milagro, de su aceptación como tal, deja en mejor lugar a la Iglesia que a sus fieles y, por otro lado, el retrato de la chica protagonista y de su milagrosa curación está cargado de sensibilidad, de humanidad, de un profundo conocimiento del carácter efímero de la felicidad y del miedo que produce la enfermedad. La fe, evidentemente, es cosa de creyentes, pero ¿quién es el valiente ateo que, acuciado por una enfermedad más o menos grave, se atreve a quitar el altar de postalitas de santos que ha dejado el anterior enfermo de su nueva, y dolorosa, habitación de hospital?

Elina Löwensohn (izquierda, en primera fila) y Sylvie Testud (abajo, a la derecha),  en una imagen de <i>Lourdes.</i>
Elina Löwensohn (izquierda, en primera fila) y Sylvie Testud (abajo, a la derecha), en una imagen de <i>Lourdes.</i>
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Sobre la firma

Javier Ocaña

Crítico de cine de EL PAÍS desde 2003. Profesor de cine para la Junta de Colegios Mayores de Madrid. Colaborador de 'Hoy por hoy', en la SER y de 'Historia de nuestro cine', en La2 de TVE. Autor de 'De Blancanieves a Kurosawa: La aventura de ver cine con los hijos'. Una vida disfrutando de las películas; media vida intentando desentrañar su arte.

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