Columna
i

La ciudad que ya no está

Los madrileños somos arquitectónica-mente huérfanos. El paso del tiempo ha demolido gran parte de los escenarios de nuestra niñez y nuestra adolescencia. La necesaria expansión y modernización de la capital y el innecesario e incomprensible afán del Ayuntamiento por la "remodelación" han transformado el paisaje donde crecimos. Madrid no admite sentimentalismos. Los cines se convierten en zaras, se remozan las plazas, se alteran los bulevares, desaparecen los mercados, se redibuja el perfil del horizonte aprendido.

El programa Volver con... de Televisión Española acompaña a personajes famosos al pueblo de su niñez. Allí se reencuentran con las calles donde jugaron al escondite, con el bar en el que rieron mil tardes, con el árbol bajo el que dieron su primer beso. Muchos madrileños no tenemos un Madrid al que retornar. Esta es una ciudad mutante, en marcha, una ola. Vivimos en un continuo presente arquitectónico, con pocos rastros del pasado e irradiados por una desconcertante sensación de provisionalidad. Pronto se retirará ese andamio, esa lona, se achicarán los escombros y descubriremos otro semblante al que acostumbrarnos.

En Madrid, los cines se convierten en 'zaras', se remozan las plazas, se alteran los bulevares...

La semana pasada este periódico le dedicó un artículo al libro Madrid. Arquitecturas perdidas 1927-1986, de Juan Casariego, Antonio Arean y José Ángel Vaquero, publicado hace ya 15 años. Se trata de un catálogo de 80 edificios emblemáticos de la ciudad que ya no están o ya no son lo que eran, como el mercado de Olavide o el cine Barceló, ahora reconvertido en la discoteca Pachá. Hoy los autores están preparando una necesaria y dificultosa segunda edición que hable de los numerosos cambios sufridos en los últimos 25 años. Pero al margen de la calamitosa pérdida de ciertas edificaciones significativas por su valor arquitectónico, existe ese otro pequeño Madrid que se va acabando: la muerte de un callejón o una fuente, la tala de un árbol raquítico o la definitiva demolición de un local largamente abandonado. Esos diminutos dramas que, como la defunción de la gente anónima, no aparecen en los periódicos ni en los libros, pero que afectan a quienes quisieron esos rincones, a esas figuras.

Cada madrileño tiene su Madrid: sus rutas, sus restaurantes, sus tiendas, su cine, ese lugar que desea creer propio, secreto. A veces ese mini-Madrid amado se escoge, otras veces es simplemente el tiempo, la convivencia con los espacios quien regala el cariño. Los habitantes de esta metrópoli en ebullición contemplamos en silencio cómo desaparecen los garitos de las primeras borracheras, cómo, poco a poco, se evaporan las cabinas donde hablamos de amor, los bancos en los que compartimos pipas y confesiones con los amigos, los jardines donde recibimos a la primavera, los descampados por los que perseguimos un balón. Hemos perdido para siempre el olor de la vieja frutería, de la pequeña mercería, el aullido de los autobuses por una calle ahora peatonal.

Quizá si viviésemos en uno de esos pequeños pueblos al que regresan los personajes de Volver con... donde nada cambia, donde los gatos duermen bajo los mismos coches y el vino se sirve en los vasos ya esmerilados, donde las huertas repiten su color y las sombras se predicen, nos desesperaríamos. A lo mejor hoy lloramos silenciosa y brevemente la incesante muerte y reencarnación de Madrid pero, en realidad, este rápido ciclo de vida arquitectónico nos energiza, nos espabila, nos abre los ojos.

Cuando éramos pequeños y empezábamos a tomar conciencia de la ciudad nuestros padres, desde el coche, nos señalaban la antigua ubicación de lugares importantes para ellos durante su juventud. El restaurante en el que comían cuando sus padres visitaban la capital, la desaparecida sala de baile en la que se cortejaron y la esquina donde descansaba esa iglesia que ya sólo vive en las fotos en blanco y negro del aparador. Y durante ese viaje en coche comprobábamos que nuestros padres estaban circulando por otro Madrid, por un Madrid fulminado, por una ciudad fantasma, por el holograma de un recuerdo.

Aquí no hay dónde volver, el Madrid pasado ya sólo habita en la memoria. Cada madrileño sigue, secretamente, viviendo el recuerdo de su mejor ciudad, paladeando una fantasía que en ocasiones, sin embargo, creemos casi real cuando, en un semáforo, nos descubrimos señalándole emocionados a nuestro hijo un lugar que ya no está.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 30 de marzo de 2010.