Un chiste

En una viñeta de Mingote de los años sesenta, dos hombres charlaban en un caos de grúas y zanjas. Pues el alcalde de Madrid, decía uno, cuenta que en París hay unas calles muy bonitas que se llaman bulevares... Yo era pequeña y no lo entendí, pero durante una semana, todos los adultos de mi familia se partieron de risa con aquel chiste. Cuando les preguntaba por qué, me decían, ¿pero no ves que, aquí, el Ayuntamiento acaba de cargarse los bulevares?
En noviembre del año pasado, algunos amigos de la Universidad de San Diego, en California, EE UU, me explicaron en qué consistía la reforma sanitaria de Obama. A partir de ahora, todos los trabajadores están obligados a tener un seguro de salud privado, y el estado -la minúscula no es una errata- correrá con los gastos de indigentes y jubilados sin recursos. Esto es lo que "ha entrado en la Historia". Nada que ver con nuestra admirable Seguridad Social, magníficos profesionales y exhaustivos recursos sometidos a la más injusta y perpetua sospecha, una avalancha de críticas infundadas que intentan deslizar la insidia de que es un monstruo anticuado e ineficaz, que habría que rentabilizar privatizándolo de una vez.
Tenemos lo que nos merecemos, pero parece que no entendemos el mecanismo de nuestras responsabilidades. Así, una compañía eléctrica privada se tomó con calma, durante cuatro largos días, el restablecimiento del servicio, cuando un temporal dejó sin luz a media provincia de Girona. Las quejas, naturalmente, a "papá Estado". Esto es lo que pasa cuando se privatizan los servicios públicos. Este es el resultado de la libertad que tanto echan de menos los republicanos norteamericanos, y lo que nos espera si consentimos que nos privaticen la sanidad. Total, que si nuestro pasado no fuera tan sangriento, se diría que España sólo sabe "entrar en la Historia" de chiste en chiste.
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