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Editorial:

Cuba y la izquierda

La amistad con el castrismo es incompatible con la defensa de los derechos humanos

La muerte de Orlando Zapata en las cárceles del castrismo se ha interpretado como una prueba de fuego para conocer las relaciones de la izquierda europea con la revolución cubana. Los datos de partida han sido, sin embargo, manipulados cada vez que se ha querido juzgar a la totalidad de la izquierda desde las posiciones minoritarias que siguen dando pábulo al mito, no desde las mayoritarias que mantienen un compromiso fuera de dudas con la democracia y las libertades en cualquier lugar del mundo.

No se trata sólo de que resulte ofensiva, además de estéril, la obligación de tener que recordarlo cuando se produce un caso como el de Zapata o como el que puede llegar a suceder con Guillermo Fariñas, el disidente en huelga de hambre. El problema reside en que, además, se otorga un protagonismo injustificado a esas posiciones minoritarias, convirtiendo en una estricta opción moral, resuelta desde hace tiempo, lo que a estas alturas es sobre todo un debate político: cuáles son las decisiones diplomáticas que deben adoptarse para contribuir eficazmente al fin de la dictadura.

La reciente resolución de condena al régimen cubano por el Parlamento Europeo, aprobada por la práctica totalidad de los grupos, debería servir para poner las cosas en su sitio. La falta de apoyo a la resolución de la Eurocámara por parte de Izquierda Unitaria no es un acta de acusación contra la izquierda en su conjunto, sino una nueva evidencia de la contradicción en la que incurre este grupo al declararse amigo del régimen cubano y, al mismo tiempo, proclamarse defensor de los derechos humanos. No se puede ser amigo de quien los viola, reiterando el error de considerar los atropellos como accidentes de recorrido en la realización de una utopía. Entre otras razones, porque esa utopía fracasó y lo que hoy se dirime en Cuba es una descarnada lucha de poder, en la que la apelación a una nueva sociedad es sólo la coartada para sojuzgar a los ciudadanos y perseguir a quien disiente.

En lugar de utilizar la muerte de Zapata como una sectaria competición entre demócratas para dirimir quién condena con más energía al régimen cubano, la voz de la mayoría de los europeos debería dejarse oír para evitar la muerte de Fariñas y para reclamar la inmediata liberación de los presos políticos. Esos que, según el castrismo y sus escasos valedores, no existen en la isla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 19 de marzo de 2010