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Reportaje:

El sonido de la morriña

Víctor Prieto, el innovador acordeonista ourensano afincado en Nueva York, actúa en su tierra tras 12 años

Para que la muñeira sonara a jazz fraccionado (a World Music: la fusión de la música popular con otros géneros) en el Williamsburg Jazz Festival de Nueva York, el ourensano Víctor Prieto tuvo que sufrir lo indecible. Horas de odio al estricto acordeón que su madre le puso entre las manos cuando apenas levantaba un palmo del suelo con la ilusión de que el pequeño interpretara los Cascabeles. Prieto (Ourense, 1975) sufrió, pero salió ganando. A los 14 años no quería saber ya nada del colegio. "Tuve claro que lo que quería era sólo la música, aunque aquí no hay, como en Estados Unidos, la opción de orientar tu carrera hacia una especialidad". No la había, pero volvió a sufrir. Y ganó de nuevo.

"El acordeón no tiene nada que envidiarle a ningún otro instrumento"

En Nueva York entrena la morriña en un bar al que acuden gallegos

Lo cuenta el músico arrastrando su potente acento de gallego universal (pasado por Venezuela, en donde transcurrieron sus primeros años de vida, por el barrio ourensano de Vista Hermosa, en donde se crió, y por Nueva York, donde vive) mientras reivindica la esencia de la morriña. "Soy gallego 24 horas al día", proclama en su idioma materno mientras dirige la colocación del sonido en el vestíbulo del edificio Simeón horas antes de ofrecer, el martes pasado, su primer concierto en su tierra natal en 12 años.

Víctor Prieto empezó a suspender en el colegio al mismo tiempo que a descubrir lo que escondía el acordeón. Fue entonces cuando comenzó a explorarlo hasta encontrarlo. "Nunca sabes cuándo te vas a enamorar de un instrumento. A mí me pasó a los 14 años", explica cómo empezó arrastrando ese instrumento por puro capricho materno y acabó aferrado a él hasta forjarse una carrera. Y en ese afán de hacerlo suyo, lo reinventó. Le cambió los teclados (ideó la técnica de "aproximación de acorde en ambas manos") y lo hizo otro: dotado para el jazz del World Music en donde manda "bastante" la improvisación y donde el acordeón amañado de Prieto gime en un lenguaje nuevo que lo llena todo.

El músico ourensano ha colocado el popular instrumento en la cima de la música internacional. La más reciente aportación es la colaboración con el prestigioso violonchelista Yo-Yo Ma al lado de la gaiteira ourensana Cristina Pato, trabajo que ha merecido un Grammy.

Prieto reconoce que el acordeón no es tan popular en Galicia como la gaita "aunque es un instrumento folclórico que ha estado muy presente en nuestra cultura tradicional". Pese a ello, ahí lo tiene ahora, aportando al jazz la emoción "que ningún otro puede darle" porque "es muy nostálgico, pero te puede meter un puñetazo al mismo tiempo", enumera entusiasmado sus valores. "Tiene mucho agarre, tiene mucho viento y eso un piano no te lo puede dar, por más prestigio que tenga". "El acordeón no tiene nada que envidarle a ningún otro instrumento", lo reivindica una vez más. E insiste en sus cualidades, "potente, explosivo", dice de él, exactamente las que el músico transmite con su sola presencia en la sala. Aunque él asegura que intenta darle de todo. Algo de romanticismo también. Y algo de sutileza, pero con nervio, "huyendo del pastel de cinco capas".

El acordeón con el que llena los espectáculos de ese sonido inverosímil pesa unos 12 kilos. Pero el músico suele ir armado con uno bastante más ligero a los bares de gallegos de Nueva York donde entrena la morriña. Allí acaban todos cantando el Ondiñas veñen y llorando como descosidos pensando en sus raíces. Prieto también, aunque de momento aprovecha el sufrimiento para, otra vez, salir ganando. "Pues claro que se crea mejor con la morriña", reconoce la evidencia de que el sufrimiento "aviva el arte".

Como la mayor parte de los emigrados, piensa en volver. Sabe que algún día "tendrá" que hacerlo. Y calibra las opciones. "En Madrid o Barcelona podría tener ya una salida directa a Europa", hace sus cálculos mientras atisba un desarrollo del circuito musical también en Galicia. "Algún día", repite, "porque aquí se está avanzando mucho: la cultura gallega está en un auge total".

De momento, mantiene en la Gran Manzana sus conciertos y sus clases particulares (antes estuvo como profesor en el prestigioso conservatorio de Brooklyn) a alumnos llegados de Japón o Europa que acuden en peregrinación en busca del elixir de sus claves musicales mientras le da unos "prietos" a la gaita con la que ha hecho ya "un par de cositas" con Chris Cheek. Pero el trabajador metódico que es le resta importancia: "No tengo tiempo de practicarla; habría que meterle muchas horas". Y su vida no tiene horario.

"La carrera musical es muy difícil, un día estás arriba y al siguiente, nada", lamenta, aunque enseguida le da la vuelta al pesimismo: "Esto no es pop, y yo voy a seguir trabajando más cada día y los músicos siempre me van a llamar". "No quiero ser músico de pop, por más que el guitarrista sea siempre el que más ligue", ríe el singular acordeonista mientras se prepara ya para seguir sufriendo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de marzo de 2010