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Editorial:

Asesinato en Dubai

Las sospechas sobre las actuaciones ilegales de Israel ahondan su aislamiento y descrédito

El asesinato del líder de Hamás Mahmud al Mabhuh en Dubai ha provocado una fricción diplomática entre la Unión Europea e Israel, a cuyo servicio secreto se considera responsable de la operación. La razón no radica sólo en la más que fundada sospecha de que Israel ha retomado la política de asesinatos selectivos fuera de su territorio, una suerte de condenas a muerte decididas en alguna instancia gubernamental y llevadas a efecto por sus servicios secretos. En esta ocasión, se da además la circunstancia de que, a fin de perpetrar su acción, los asesinos de Al Mabhuh han falsificado pasaportes de Reino Unido, Irlanda, Francia y Alemania correspondientes a 11 ciudadanos israelíes originarios de esos países. Los cuatro Gobiernos europeos, además del de Dubai, cuya soberanía ha sido violada, han pedido explicaciones al Ejecutivo de Benjamín Netanyahu, en tanto que varios de los ciudadanos israelíes afectados han expresado su preocupación por la situación de riesgo en la que les habría colocado el Mosad.

Ninguno de los asesinatos selectivos perpetrados por Israel ha resuelto nunca sus problemas con los palestinos y, menos aún, con organizaciones como Hamás. Por el contrario, siempre ha añadido algunos nuevos a los muchos que ya afectan a la paz y la seguridad de la región. Con cada asesinato selectivo, Israel ha deteriorado un poco más su crédito internacional, ahondando un creciente proceso de aislamiento, por ahora emocional, pero que alguna vez podría llegar a convertirse en político, respecto de sus aliados y amigos. Sobre todo si, según habría sucedido en Dubai, los ejecutores recurren a procedimientos que, como la falsificación de pasaportes, suponen una traición de la confianza internacional y un grave delito. Que los países involucrados a su pesar no deseen convertir la fricción en crisis diplomática no significa que avalen ni se conformen con la política de asesinatos selectivos.

Israel no consiguió acabar con Hamás liquidando físicamente a su líder, el jeque Yasín. Tampoco cuando lanzó su devastador bombardeo contra Gaza. Y el coste político y diplomático que ha tenido que pagar queda patente en el hecho de que cada vez son más sus dirigentes y funcionarios que no pueden salir del país por temor a ser detenidos y juzgados en el extranjero, según le sucedió recientemente a la ex ministra de Exteriores Zipi Livni con un viaje a Reino Unido.

Además de legalmente condenable e inaceptable desde el punto de vista moral, la política de asesinatos selectivos o, dicho en otros términos, la guerra sucia sólo contribuye a prolongar el espejismo de que existen soluciones alternativas a la única que Israel tendrá que afrontar tarde o temprano: el fin de la ocupación y la apertura de negociaciones políticas con los palestinos sobre la base de la solución de los dos Estados. Cualquier otra vía sólo redundará en riesgos adicionales para su seguridad y en un mayor descrédito.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de febrero de 2010