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Reportaje:JAVIER QUIROGA | Jefe de Comunicaciones del SAMUR

Misión en la antesala del infierno

Haití ha sido la experiencia más dura de este enfermero experto en catástrofes

La muerte de una mujer, que con una fractura "inverosímil" en el brazo llevaba más de tres días luchando por sobrevivir en el suelo del hospital sin que nadie la atendiese, es el recuerdo más duro que Javier Quiroga (Madrid, 1959) ha traído de su misión en Haití. La mujer, tirada boca abajo e inerte, consiguió llamar su atención en un hospital desbordado, pero murió tras la operación. "Al día siguiente me la encontré sola, muerta, cubierta de moscas... Entonces, aprietas los puños, le das una patada a algo y sigues. Tienes que seguir".

Con su cuaderno de notas en una mano, un cigarro en la otra y haciendo amago de acercarse a la ventana abierta de su despacho para disimular el humo, está ansioso por detallar todos los pormenores de la misión que el SAMUR acaba de concluir en Haití "para que se entienda bien". Comienza explicando los protocolos, las valoraciones previas de los altos cargos, del equipo... Pero todo se diluye cuando empieza a describir el desastre. El de los centenares de muertos por el suelo, el de los gritos, el del olor "característico" de las infecciones, el de las réplicas...

Recuerda que el suelo estaba lleno de heridos: "Era difícil no pisarlos"

Quiroga siempre habla en plural. "Es que somos un equipo", asegura

La decisión más dura fue tener que descartar enfermos en el hospital

Vivió el 'tsunami' de Indonesia y los terremotos de Java y Pakistán

Una vez aterrizados en un aeropuerto "tomado literalmente por los americanos armados hasta los dientes", las 15 personas de su equipo, en el que también se encuentra su esposa, conocieron su destino: el hospital universitario de La Paz, "desbordado y patas arriba".

Cuenta que allí los médicos haitianos habían desaparecido, que sólo trabajaba un equipo de oftalmólogos cubanos -"los primeros en parar el aluvión de heridos"- y que aunque nunca sintieron que estuvieran en peligro, una dotación de cascos azules bolivianos tuvo que acudir para "dar sensación de seguridad".

Quiroga, enfermero en el SAMUR desde 1990, cuando aún "era un proyecto", dice que no sabe describir bien la situación, pero con lo rápido que habla le da tiempo a contar muchas cosas; acaba acumulando demasiadas imágenes. "Al llegar al hospital nos encontramos con 300 personas en el suelo, era casi imposible no pisarlos". Se para, fuma. "Estaban todos los pacientes mezclados; unos muriéndose, otros con heridas muy serias, infectadas". Ese olor a infección... "Los enfermos se agarraban a nuestras piernas... Vi que la antesala del infierno no debía ser muy diferente a esto".

Quiroga, que comenzó su carrera "en el mundillo de la emergencia" como voluntario de la Cruz Roja cuando sólo tenía 16 años, ha presenciado las peores catástrofes naturales de la última década. Vivió el tsunami de Indonesia, el terremoto de Pakistán y el de Java, siempre en zonas rurales, aisladas y dependiendo únicamente de sus propios medios.

Da varias vueltas a la importancia de la coordinación y el diálogo entre compañeros. Quizá por eso es tan difícil arrancarle un "yo", porque siempre es "nosotros", incluso cuando habla de su vida personal. "Es que somos un equipo", replica. "Es impagable la sensación de hermandad con tus compañeros". La Hermandad de la Trinchera, que lo llama él.

Haití, además de ser su misión "más dura, con diferencia", ha sido diferente a cualquier otra porque obligó a Quiroga -o les obligó, como diría él- a tomar decisiones "muy duras". La primera fue descartar pacientes y llegó el primer día a las puertas del hospital. "Todos los heridos estaban graves, pero no era posible atenderles a todos. Esto diferenció la misión de otras: nunca habíamos tenido que descartar tal número de enfermos. Tú estás ahí para salvar".

La segunda decisión incómoda se planteó el segundo día, cuando una réplica de magnitud 6,4 en la escala de Richter provocó que los ingresados entrasen en pánico e intentasen huir como podían. "Pensamos que la desbandada podía ser una oportunidad para poder clasificar a todos los enfermos". El método funcionó, pero "en cuanto la gente se enteró que dábamos una asistencia de cierta calidad venían en oleadas". Tuvieron que cerrar las puertas del hospital. Otro palo.

Tras siete jornadas de 12 horas de trabajo diarias, Quiroga y su equipo atendieron a unos 1.200 heridos. Ha vuelto a Madrid con "una sensación agridulce", pero satisfecho por haber podido "sobreponerse a una situación tan complicada", orgulloso de formar parte de su equipo y "como nuevo" después de unos días de vacaciones y la compañía de sus dos hijas.

¿Y ellas, qué piensan de sus padre? Se emociona y empiezan a brillarle los ojos. Silencio. "Son mi debilidad", arranca por fin. "Es increíble que seamos tan duros para unas cosas y tan blandos para otras". ¿Se sentirán muy orgullosas de usted? "Sí, se sienten muy orgullosos de nosotros". Otra vez el plural.

Llega el momento de despedirse y de hacerse la foto. "¡Héroe!", le grita un compañero desde la distancia. "Yo no soy un héroe, pero estoy hecho de una pasta especial".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de febrero de 2010