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COLUMNA

Asesinos enamorados

¿Cómo se puede discutir la salvación de más de 1.400 españoles al año, la mitad de los muertos en accidente de tráfico, siete veces más personas que las fallecidas en los atentados del 11-M? Hombres y mujeres que cometieron la imprudencia mortal de frecuentar o trabajar en un local público permanentemente embalsamado de humo, de vivir con alguien que no cesó de encenderse cigarrillos.

El Ministerio de Sanidad parece que por fin va a proteger a los fumadores pasivos, víctimas de la desconsideración de los activos y de la insensibilidad de muchos políticos. Según Trinidad Jiménez, dentro de dos años ya no se podrá fumar en bares, restaurantes, hoteles, discotecas y locales de juego. Por fin podremos tomarnos una copa, bailar o jugar al bingo sin estar inmersos en una nube ciertamente apestosa y posiblemente letal. Aunque hasta la implantación de esta ley, a la que, una vez más, pone trabas Esperanza Aguirre, en España morirán 100.000 personas, 12.000 sólo en la capital, según el Ministerio de Sanidad.

En ocasiones el fumador no es sólo un suicida, sino un verdugo involuntario

Sin embargo, Juan José Güemes, consejero de Sanidad de nuestra Comunidad, no ve nada claro eso de prohibir la emanación de humos cancerígenos en los lugares públicos. Argumenta que esa medida supone una "restricción de la libertad individual". La libertad individual es un derecho preciadísimo y perfectamente defendible hasta que se carga la libertad de otro individuo. Los dos tercios de la población española sin manchas de alquitrán en los dedos no piden la prohibición del tabaco. Cada uno tiene derecho a jugarse la vida al borde del precipicio que elija, pero no a empujar al de al lado.

Otro argumento de la Comunidad en contra de la nueva ley antitabaco es que perjudicará a los hosteleros, que, según Güemes, "se vieron obligados a hacer unas inversiones muy importantes en 2005 para adaptarse a la normativa". Una normativa que la Comunidad de Madrid contrarrestó hace tres años con un decreto mucho más laxo que la ley estatal, eliminando la necesidad de separar físicamente las zonas de fumadores en los locales de más de 100 metros cuadrados y permitiendo el humo en los bares de los trabajos y en los reservados de los restaurantes.

En cualquier caso, los gastos de los que habla Güemes no son dramáticos, pues en España sólo el 1% de los establecimientos hizo obras para proteger a los no fumadores. La inmensa mayoría de los propietarios de locales de hostelería, atemorizados por una estampida de su clientela, prefirió que su negocio siguiese siendo una peligrosa cámara de gas para sus consumidores y empleados. Una elección no sólo nociva sino absurda, pues en Reino Unido, Portugal, Francia, Italia, Noruega, Bélgica, Holanda o Suecia la prohibición de fumar en lugares públicos no ha restado concurrencia a los bares ni a los restaurantes.

Según la Organización Mundial de la Salud, el tabaco es la primera causa de muerte prevenible en el mundo. Los pitis de media mañana, los del café, los de después de follar y los de antes de acostarse matan a cinco millones de personas anualmente, el equivalente a la población de la Comunidad de Madrid. Los fumadores que no creen o desoyen las advertencias de las cajetillas, de sus médicos o de sus madres argumentan que las prohibiciones son inocuas, que la ley antitabaco de 2005 ha incrementado el número de fumadores. Es cierto que han pasado de ser un 29,5% a un 31,5%, pero si esta ley ha protegido a los fumadores pasivos, ya ha sido un éxito.

Lo más descorazonador es que algunos de los muertos por el tabaco son hermanos, padres, madres o hijos de fumadores. Cualquiera puede contraer un cáncer, una bronquitis o una cardiopatía coronaria por frecuentar bares o restaurantes ahumados, pero quienes se someten sistemáticamente al veneno de los cigarrillos son, aparte de los hosteleros, los familiares del fumador. Aunque cada vez menos, todavía hay fumadores pasivos que mueren por culpa de sus seres queridos, intoxicados por alguien que llorará su agonía al costado de una cama de hospital y frente a su lápida. En ocasiones el fumador no es sólo un suicida, sino un verdugo involuntario, alguien que metió dentro de su propia soga el cuello de su hijo o su mujer, que jugó con toda la familia a la ruleta rusa cada vez que se encendió un cigarrillo en casa, que mató a quien más quería, a esa persona a la que daba todas las noches un beso mortal de nicotina.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de enero de 2010