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Reportaje:

El inquietante mundo del cuerpo

'Arte y medicina' muestra en el Museo Mori el sueño del hombre de derrotar a la muerte a través de instrumentos, dibujos y complejos utensilios

Quedan atrás las Fiestas del Olvido del Año, singular celebración con que los japoneses borran de la memoria lo ocurrido el año anterior. Durante los primeros días de enero, de obligado recogimiento y reflexión para los tokiotas, muchos eligen acercarse al Museo Mori, situado en el piso más alto de la torre del mismo nombre, en las Colinas de Roppongi.

Además de contemplar toda la ciudad, allí se puede ver una de las apuestas artísticas más audaces y sugerentes del panorama internacional. Arte y medicina somete a examen la compleja relación que desde siempre han mantenido el arte y la ciencia. Lo que trata en realidad de conseguir la exposición es contar la historia de un sueño imposible: el intento eternamente fallido por derrotar a la muerte. El escenario del conflicto es el cuerpo humano, destinatario de la mirada doble que de manera perenne han dirigido sobre él artistas y científicos.

De las ramas de un árbol brotan minúsculas cabezas humanas

Una de las secciones más intrigantes tiene por objeto exponer la increíble variedad de instrumentos de los que a lo largo de los siglos se ha servido la ciencia médica para combatir toda suerte de males físicos. El apartado dedicado a la ortopedia demuestra sin lugar a dudas que los mayores alardes de la imaginación humana no son patrimonio del temperamento artístico. Entre los objetos expuestos figuran un artilugio compensatorio de la práctica de la masturbación, un ojo de cristal presentado en un estuche como si fuera una joya de valor incalculable o un muñeco articulado diseñado en el siglo XVI cuyo parecido con el traje de un astronauta no puede ser mayor. Ya en nuestro tiempo, los expertos en robótica y biogenética han conseguido que el paciente pueda mover una silla de ruedas o una extremidad artificial mediante la activación de impulsos cerebrales.

La exposición se cierra con tres obras enigmáticas: ocultos entre unas alas que remedan la estructura del genoma humano, unos micrófonos repiten cinco sonidos en una serie de permutaciones infinitas; un dispositivo biogenético genera cantidades ilimitadas de cuero artificial; por último, de las ramas de un árbol que crece contra el horizonte de las colinas de Roppongi brotan minúsculas cabezas humanas. El resultado es estéticamente gratificante o aterrador, según la distancia desde la que se contemple la obra de arte. Suponiendo que todo esto sea arte, cabría matizar. Pero lo es.

Arte y medicina propone un regreso a los orígenes, y una indagación así sólo se puede realizar desde la más radical autenticidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de enero de 2010